Yo Mero

27 November, 2007

12.11.07 – Freiburg y el último parto del año

Hay momentos especiales en la vida de los amigos. Y, si es posible, hay que estar ahí cuando suceden. Después de haber pasado por algo muy similar, un mes atrás estuve con los Ugalde en ese día especial. Meses y meses de esfuerzo y gestación finalmente tomaban forma y eran presentados al mundo. En ese momento ya no era una conceptualización individual, sino un ente que el mundo entero podía conocer y leer (bueno, eso esperamos).

Esta vez, volé a Basilea para el gran día. Karola me recibió con puntualidad germana y tras tomar una cerveza y comer una mega-milanesa, el momento llegó. Karola ya había convencido a los poderosos de la Fakultat que aceptaran su entrega fuera de los rígidos horarios establecidos. Así que al llegar a una pape y soplarnos un tradicional chiste (es lo que piensan ellos) del encargado, Karola tuvo en sus brazos su encuadernado. Y aunque de tamaño era de los pequeños de su generación, pesaba como todos los de su edad. Afortunadamente, este no gritó o hizo alguna cochinada que necesitara de arreglos y limpiezas de último momento. Así que nos dispusimos a entregarlo en la Fakultat y comenzar una semana de festejos.

Existen repercusiones al entregar una tesis de maestría. A comparación de otros partos, este desata sentimientos de amor y repulsión vivamente encontrados. De alguna manera, uno está feliz de haber dado a luz 20,000 palabras pero también se está seco al grado de que resulta una mejor experiencia entregar ese producto a las autoridades estudiantiles. Y debo admitir que Karola pasó este proceso muy maduramente sin caer en pánicos del desempleo, borracheras interminables, sentimientos de soledad o ataques de pánico que imaginan que el índice tiene una marca de taza de café.

Consumada la entrega, turisteamos por Feiburg y pueblos aledaños. Dos días después, la ceremonia de graduación resultó ser, comparada a la de los programas de Desarrollo con los que he tenido contacto en estos tiempos, la más práctica y humana. Al parecer los germanos le dan una lección de toque personal a los ingleses en temas de graduación al  evitar enviar a sus graduados como reses por pasarela recogiendo un papelito y, en cambio, organizar un simple evento con discursos alemanes (redundantes, protocolarios y poco carismáticos) y un par de presentaciones de power point que presentan a cada integrante de la generación de maestría. Como parte de la audiencia, Don Andrés y yo, sin perder de vista los bocadillos y la champaña, aplaudimos cortésmente y reímos (bueno, admito fingir en más de una ocasión) ante los ‘chistes’ de los directores de programa. Al fin de la ceremonia, los come-flores y abraza-árboles (el sobrenombre aplica aún más a los que estudiaron bosqueología y esas ondas muy de arbolitos) celebraron su graduación con botanas vegetarianas y harta chela. Una generación más de ambientalistas regresaba al mundo real.

Un día después del reven, nos dispusimos a aprovechar el día de vacaciones de Don Andrés para ir a las montañas. Era el fin de semana que daba inicio a la temporada de esquí y, contrariamente al año pasado, había buena cantidad de nieve y un friito de esos que unen a Tlaxcala y Siberia. Yo tomé prestados unos guantes poco masculinos, una bufanda andeana y un gorrito de niño chiquito e improvisé un atuendo alpino con esos tenis que alguna vez compré para hacer ejercicio. Pero mis prioridades estaban más en alejarme de los elementos alérgicos de casa de Karola y poder llegar en algún lugar alpino con teléfono para poder tener una entrevista telefónica. Guiados por el siempre presente itinerario germano, llegamos a los alpes suizo-alemanes, me puse doble calcetín y caminamos por las montañas nevadas presenciando los primeros trazos de las pistas de esquí y un arcoiris alpino impresionante. El asma se había ido por completo, y tal como previsto, llegamos a un chalet en medio de la montaña en donde tuve una interesante entrevista de trabajo coronada con un fondiú de carnes. Qué más se podía pedir. Pero el tiempo se había acabado. Al día siguiente, los Stein me dejaron en la parte francesa del aeropuerto, pisé cuatro países, tres aeropuertos y tomé cuatro autobuses para llegar a con mi familia Birminghamiana a festejar el cumpleaños de Daniela.

7 November, 2007

06.11.07 – In Rainbows: Reflecciones del music-zapping

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Mi generación ya no recuerda el lado A y el B. Para quienes nos tocaron casettes, la cinta cambiaba de lado automáticamente haciendo que notáramos sólo el ruido del mecanismo que hacía que la cinta avanzara al lado contrario. Pero mi generación compartió una costumbre con la generación anterior, el rito de poner el disco.

Hace un mes, llegamos a una página que decía: “RADIOHEAD HAVE MADE A RECORD. SO FAR, IT IS ONLY AVAILABLE FROM THIS WEBSITE. YOU CAN ORDER IT IN THESE FORMATS: DISCBOX AND DOWNLOAD. CONTINUE” La banda noventera presentaba su nuevo disco con tres posibilidades de distribución. La primera era bajarlo inmediatamente, al precio que el cliente quisiera, de su página de Internet. La segunda era comprar el discbox que sería entregado a partir del 03 de diciembre. Esta opción incluía toda la parafernalia artística, rolas extra, tres viniles, y el download inmediato. La tercera posibilidad era esperarse a diciembre para consumir el disco en su cajita de plástico de la tienda de discos más cercana.

Este enfoque pareció revolucionario a primera instancia aunque semanas antes Prince había regalado su CD en periódicos de circulación masiva europea. Los críticos se preguntaban cuál serían los ingresos por In Rainbows para la banda y disquera. Los intermediarios y minoristas de música estaban algo enojados. Los fans pudientes invirtieron £40 en el discbox, inmediatamente bajaron el disco y mantuvieron altas ansias para la fecha del 03 de diciembre cuando llegara el ansiado material de edición especial. Los pobres bajamos el disco e iniciamos un proceso indigno de venta de lo que fuera para lograr la ansiada cantidad para pagar ese discbox de edición especial. Y el fenómeno mundial se había concretado. Miles de fans escuchaban In Rainbows en menos de 24 horas de haberse lanzado, y todo al precio que se quisiera pagar.

Llevo cerca de un mes con los nuevos tracks de Radiohead en la computadora. Los habré escuchado más de una decena de veces pero aún no me puedo expresar sobre el disco. Por prudencia o miedo, evité juzgarlo hasta que esta semana encontré un CD quemado en casa de Iván. Por primera vez, bajo las tradiciones que me habían formado musicalmente durante los últimos quince años, escuché el disco. No tenía portada ni nada y habría sido la décima vez que lo oía de corrido, pero se escucha como disco. Al terminar la primera vuelta al CD, lo repetí unas veces más por un par de días hasta que llegó el momento natural de todo disco: el juicio sobre tomarle el gusto, amarlo, odiarlo o hacerlo a un lado indiferentemente por siempre. No creo que lo amaré pero si puedo decir que ya le tomé el gusto y lo escucharé aún más seguido.

¿Habría pasado lo mismo si el disco siguiera perdido entre mi iTunes? ¿Se puede tomar el sabor a un disco (ojo, no a un par de éxitos) al vaciar canciones en un aparato que normalmente está programado en una lista reproductora al azar? ¿Soy yo el que no está adecuado a apreciar a Radiohead en zapping musical¿ ¿Las críticas insulsas se deben a que son ellos quienes no se han adaptado a las nuevas generaciones? Quien sabe, habría que hacer una serie de pruebas con pubertos enchufados a iPoses … aunque, ¿conocerán a Radiohead?

03.11.07 – Eshpain es different

Ya me lo había advertido mi amiga Aline. También, tuve una prueba inicial cuando en la fila del EasyJet cuando, ante la única fila para abordar en toda la sala, una tía se acercó a preguntarme “¿Is this para Eshpain?”. Días después, me lo confirmó un aficionadlo práctico al cante flamenco, vestido como metalero y ahogado en ron diciendo “Tío, es que España, como dicen los güiri, es different”. Esta es una pequeña muestra personal.

Al bajar del avión seguí las flechas hacia los servicios (¿cuáles?) hasta que me encontré con dos posibilidades que no liberarían mi apuro. La primera tenía que ver con ver de frente una pared mientras que la otra me regresaba al sitio de inicio. Opté por preguntarle a un local que amablemente me indicó, no sin antes tener una tendida charla sobre la amabilidad Mexicana, que fuera para donde no decía la flecha oficial. Tenía razón, los famosos servicios estaban ahí y mi amabilidad fue tal que no lo insulté en su tortura urinaria.

Pero la inmersión cultural llega a su clímax en espacios públicos. Lamento tanto tener mala memoria, no cargar conmigo una libretita y tener reacciones irrisorias algunas veces incontrolables. Una tarde doblo en una esquina y en plena calle veo una motoneta sobre el cofre de un auto. Un grupo de mirones ya estaba ahí. Una señora y yo nos les unimos. En cuanto la señora ve la escena, exclama “que le ha caído la moto encima”. Los demás mirones voltean al cielo.

Una característica ineludible de esta diferencia cultural es que es muy común que se confundan la vista y el habla. No tengo idea si se trata de un trasfondo evolutivo de una sociedad altamente colectivista o si, de plano, hay unos cables cruzados. Cuando el ojo capta una imagen, automáticamente se describe verbalmente. Así que expresiones como “¡es naranja!”, “¡mira, qué grande!” o “vamo a-llá que sube para arriba” no dejan el mínimo espacio para que uno realice su interpretación individual de lo obvio.

Otro aspecto que marca una radical diferencia con el mundo actual es el tiempo. Podríamos pensar que viniendo de Latinoamérica el ritmo de vida podría ser parecido. Pero resulta radical observar que la capital española tiene los horarios de apertura y cierre para la siesta que Zitácuaro. Aunque en tierras españolas hay altísimas probabilidades de pasar una comida sin pan a falta de cualquier tienda que habrá para vender cosas que la gente consume diario. Y es increíble como en pleno siglo XXI, los supermercados y tiendas departamentales están cerradas los domingos, festivos y puentes.

Posiblemente, la diferencia más radical y entretenida es la televisión. Todo lo que el mundo conoce a través de esa caja es diferente si se dobla al castellano. Bart le dice a Hómer: “tío, que te has jambado los bocadillos”. Pac Man es Traga Cocos y El Auto Increíble es El Coche Fantástico. En esa búsqueda por la identidad, la televisión española ha replicado series americanas como Without a Trace (Desaparecida), ER (Hospital Central) y C.S.I. (RIS Científica) en donde los personajes son versiones B de las versiones B americanas. Para dar un ejemplo, el Grissom de RIS Científica es el idiota de Horatio pero vestido gachu-fashion, sin salir del laboratorio y llamado Ventura. Afortunadamente, existen series 100% locales y juegos de concursos que aprovechan la espontaneidad nacional como trama televisiva.

Ahora, no que da más que saciar el interés por esta bella cultura. Me comprometeré a encontrar las versiones en castellano de Hómer cantando Spíder Cerdo o de Febe gritando Gato Apestoso. Incluiré en mis temas prospecto para el PhD el realizar un traductor de lógica hispánica. Y recorreré el mundo descifrando el origen místico de la abominable palabra “leche”. Vale la pena hacerlo todo con tal de tener al alcance bocadillos de ibérico, pulpos, buen vino barato, fiesta hasta la madrugada y tiempo diario para la siesta.

2 November, 2007

27.10.07 - Rencuentros

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El tiempo pasó. Ya qué se le puede hacer. Y curioso se vuelve cuando regresa. Bueno, eso no se puede, aunque sí se pueden desempolvar recuerdos y amistades. Este mes tuve una serie de rencuentros imprevistos. Primero, después de seis años de haber estudiado en Canadá, logré reunirme con mi amiga Cyril. A pocos minutos de encontrarnos nos quedamos viendo cual niños al espejo. "Ya estamos viejos, pero nos hemos conservado bien", comentó. A ambos nos rebotó la trascendencia de su observación tomando en cuenta que ella es mayor que yo y optamos por ir a la barra y regresar a la charla. Nuestro recuento de vidas fue acompañado de una madura pinta (no los pitchers que solíamos recordar) a las faldas de Heathen Park. Para la hora de la cena ya habíamos sintetizado nuestros últimos seis años de vida, visto las fotos de su reciente boda y continuamente reído de viejos anécdotas y la absurda casualidad de que era quasi-vecina de Iván.

Días después, mi hermana sufrió las consecuencias por la combinación del ocio, la banda ancha y la curiosidad. Encontró en Facebook a una amiga perdida de nuestra secu italiana. Al día después, yo estaba chateando con mi gran cuate de la secu, Young-Aun, del cual no sabía nada en quince años. Lo había dejado escuchando Vanilla Ice y ahora es DJ del ipití en vísperas de realizar un tour por Latinoamérica en 2008. Así como él, comenzaron a llegar peticiones facebookianas para ser considerados amigos. Vaya protocolos cibernéticos. Si éramos cuates hace quince años, porqué tendría que cambiar la cosa. Al parecer este rencuentro virtual de la generación del 1992 de secundaria de la American School of Milán no llevaba más de un par de semanas. Todos estaban resumiendo sus vidas en párrafos posteados en las paredes de los demás. Era muy extraño. Imágenes de personas que se me hacían familiares habían mutado estrepitosamente y por más que trataba de hacer el esfuerzo, no podía unir imagen alguna a esos nombres que tanto me sonaban. 

Y el mes culminó en Madrid. Durante el verano me había llegado un mensaje por messenger diciendo que, aunque hacía casi diez años que no nos veíamos, le encantaría que estuviera en su boda. Aparecía bajo el nombre de Gabriel. Yo no conozco a alguien con ese nombre que me quisiera invitar a su boda. Pero opté por seguir la conversación y explicarle que me sería imposible acudir a tan importante ceremonia por aquello de las distancias. Gabriel me contestó que no podríamos ver en Madrid en octubre ya que ahí estaba viviendo con novio, futuro esposo. Yo estaba plenamente confundido. Pero al continuar la conversación, todo se aclaró. Mi querida amiga de la prepa, Aline, estaba usando el contacto de su futuro esposo, Gabriel. Sin más complicaciones, se casaron y nos vimos en Madrid. Resumimos diez años de vida caminando por callejuelas del centro siguiendo a un amigo de Gabriel que despistadamente buscaban un bar que estaba "por ahí". Días después, me uní al festejo del cumpleaños de Gabriel en un restaurante indio, con curry de cena, pastel de chocolate de postre, mucho vino y flamenco con Gabriel a la guitarra, otros invitaos en el cante y Aline bailando.

Estos rencuentros fueron maravillosos, pero también traen aprietos de gestión del tiempo y tentaciones morbosas. Es difícil lidiar con el tiempo. ¿Cómo resumo mis últimos quince años de vida en una tarde, una caminata por Madrid o conversaciones por Facebook? Si de por sí era difícil explicar lo que hace un consultor, ahora más, con estas ondas del desarrollo sustentable. Y a eso, se le tiene que unir los momentos azarosos estudiantiles, chalaneros y musicales. ¿Qué omito? ¿Qué digo? ¿Qué seguimos teniendo en común? 

Y el morbo está ahí también, envuelto en todo lo demás que desata la imaginación y aún falta por saber, entender y preguntar. Un rencuentro es como ver dos puntos sin saber como la otra persona llegó del primero al actual. Siempre está la intriga al rededor de lo que conocimos de una persona, quienes nos rodeamos, donde nos conocimos, etc. y de todo lo que pasó en la vida para que estuviéramos frente a individuos que en el transcurso del tiempo son completamente idénticos o diferentes a la imagen que recordábamos. ¿Qué pasó en todo ese espacio? ¿Qué se ha hecho de los demás? Hasta ahora hay cerca de diez ex-compañeros de secu confirmados para una reunión en Londres del próximo mes. Llegarán amigos de los que no tengo idea cómo es que acabaron siendo artistas o postdoctores en química. Y otros a los que sólo se les recuerda difusamente bajo la mala memoria y una mala foto facebookiana. ¿Quiénes seremos?