12.11.07 – Freiburg y el último parto del año
Hay momentos especiales en la vida de los amigos. Y, si es posible, hay que estar ahí cuando suceden. Después de haber pasado por algo muy similar, un mes atrás estuve con los Ugalde en ese día especial. Meses y meses de esfuerzo y gestación finalmente tomaban forma y eran presentados al mundo. En ese momento ya no era una conceptualización individual, sino un ente que el mundo entero podía conocer y leer (bueno, eso esperamos).
Esta vez, volé a Basilea para el gran día. Karola me recibió con puntualidad germana y tras tomar una cerveza y comer una mega-milanesa, el momento llegó. Karola ya había convencido a los poderosos de la Fakultat que aceptaran su entrega fuera de los rígidos horarios establecidos. Así que al llegar a una pape y soplarnos un tradicional chiste (es lo que piensan ellos) del encargado, Karola tuvo en sus brazos su encuadernado. Y aunque de tamaño era de los pequeños de su generación, pesaba como todos los de su edad. Afortunadamente, este no gritó o hizo alguna cochinada que necesitara de arreglos y limpiezas de último momento. Así que nos dispusimos a entregarlo en la Fakultat y comenzar una semana de festejos.
Existen repercusiones al entregar una tesis de maestría. A comparación de otros partos, este desata sentimientos de amor y repulsión vivamente encontrados. De alguna manera, uno está feliz de haber dado a luz 20,000 palabras pero también se está seco al grado de que resulta una mejor experiencia entregar ese producto a las autoridades estudiantiles. Y debo admitir que Karola pasó este proceso muy maduramente sin caer en pánicos del desempleo, borracheras interminables, sentimientos de soledad o ataques de pánico que imaginan que el índice tiene una marca de taza de café.
Consumada la entrega, turisteamos por Feiburg y pueblos aledaños. Dos días después, la ceremonia de graduación resultó ser, comparada a la de los programas de Desarrollo con los que he tenido contacto en estos tiempos, la más práctica y humana. Al parecer los germanos le dan una lección de toque personal a los ingleses en temas de graduación al evitar enviar a sus graduados como reses por pasarela recogiendo un papelito y, en cambio, organizar un simple evento con discursos alemanes (redundantes, protocolarios y poco carismáticos) y un par de presentaciones de power point que presentan a cada integrante de la generación de maestría. Como parte de la audiencia, Don Andrés y yo, sin perder de vista los bocadillos y la champaña, aplaudimos cortésmente y reímos (bueno, admito fingir en más de una ocasión) ante los ‘chistes’ de los directores de programa. Al fin de la ceremonia, los come-flores y abraza-árboles (el sobrenombre aplica aún más a los que estudiaron bosqueología y esas ondas muy de arbolitos) celebraron su graduación con botanas vegetarianas y harta chela. Una generación más de ambientalistas regresaba al mundo real.
Un día después del reven, nos dispusimos a aprovechar el día de vacaciones de Don Andrés para ir a las montañas. Era el fin de semana que daba inicio a la temporada de esquí y, contrariamente al año pasado, había buena cantidad de nieve y un friito de esos que unen a Tlaxcala y Siberia. Yo tomé prestados unos guantes poco masculinos, una bufanda andeana y un gorrito de niño chiquito e improvisé un atuendo alpino con esos tenis que alguna vez compré para hacer ejercicio. Pero mis prioridades estaban más en alejarme de los elementos alérgicos de casa de Karola y poder llegar en algún lugar alpino con teléfono para poder tener una entrevista telefónica. Guiados por el siempre presente itinerario germano, llegamos a los alpes suizo-alemanes, me puse doble calcetín y caminamos por las montañas nevadas presenciando los primeros trazos de las pistas de esquí y un arcoiris alpino impresionante. El asma se había ido por completo, y tal como previsto, llegamos a un chalet en medio de la montaña en donde tuve una interesante entrevista de trabajo coronada con un fondiú de carnes. Qué más se podía pedir. Pero el tiempo se había acabado. Al día siguiente, los Stein me dejaron en la parte francesa del aeropuerto, pisé cuatro países, tres aeropuertos y tomé cuatro autobuses para llegar a con mi familia Birminghamiana a festejar el cumpleaños de Daniela.