Yo Mero

17 February, 2008

09.02.08 – travesías radiofónicas …

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Los cds, mp3 e iposes nos han aislado de la radio. También, la misma radio, al llegar a niveles de mediocridad y monotematía exagerados, nos han hecho odiarla. Entonces, si se tiene que hacer una travesía en auto de varias horas y no se cuenta con un reproductor de CDs/mp3/auxiliar que funcione, es normal que cualquier chofer o pasajero empieze a temer por su salud mental.

Después de dos semanas de escuchar la radio en Xalapa, opté por la fidelidad (la de de-veras, no la de Fidel) a Radio Más: La Radio de los Veracruzanos. Como casi todas las radios públicas locales (por no decir provincia) es pésima en cuanto a producción, programación y locutores, pero tiene la gran virtud de contar con una abundancia de programas tal que, si el azar está con el escucha, puede encontrarse con contenidos radiofónicos interesantes. Así, que, propagandas políticas aparte, toleré con buenos oídos el amateurismo radiofónico a cambio de contados descubrimientos de son jarocho, salsa y un poco de world music.

De regreso a México, las casi cuatro horas de camino resultaban todo una amenaza radiofónica. Las primeras dos horas tenía la certidumbre de que Radio Más me acompañara, pero las siguientes dos, pasando por territorios poblanos y tlaxcaltecas, vislumbraban un misterio mayor. Esa compañía se vio altamente aterrorizada por los fantasmas de la trova. Por más que valore ese género, tengo la certeza que quienes lo han matado son sus seguidores, ya que insisten en que la ‘nueva canción’ ha evolucionado a través del tiempo para parecerse cada vez más a lo que fue nuevo en los sesenta. Afortunadamente, la voz sensual de la locutora y el estilo de canto ‘Silvio meets José González’ del cantautor (que cantó puro Silvio, para variar … ¿no que muy autor?) hicieron un programa agradable que me acompañó la travesía carretera a las faltas del Pico de Orizaba.

Y como alguna vez lo trazó nuestro villano histórico, Antonio López de Santa Ana, Veracruz acaba cuando empieza el desierto. El escenario cambia drásticamente en Tlaxcala mostrando carreteras en malas condiciones, más pobreza, poblados aislados y puestos nómadas de venta de pulque. Mis temores radiofónicos se incrementaron al máximo hasta que sintonicé una radio atípica que sonaba a rock pesado. Esa estación duró cerca de quince minutos al aire y luego se transformó en banda cuando me acerqué a las fronteras poblanas. En estos territorios pipopes, la radio de la UDG fue la salvación. Un noticiero cultural entrevistaba a ‘No somos machos pero somos muchos’ de una manera tan fresca e informal (que sólo la radio universitaria genera) que me hizo se fan ahora de estos DJs. ¡Que me caen re-bien esos muchachos!

Al pasar la caseta de Puebla, la señal radiofónica se destroza con el desvanecimiento de los vende-camotes suicidas. Al escuchar la estática, comencé a ponerme nervioso ya que las señales capitalinas sólo se empiezan a escuchar después de Río Frío. Por azares del destino, volví a sintonizar esa estación tlaxcalteca que me había llamado la atención previamente. Un metal experimental fusionaba elementos que sonaban pre-hispánicos. Era una banda casi local (de Apizaco) que jugaba con esta atrevida fusión y que, por la pésima producción radiofónica y habilidad de los locutores, nunca escuché el nombre de los intérpretes. En el programa metalero tocaban música nacional y escandinava así como exploraban la escena tlaxcalteca reseñando toquines previos e invitando a próximos eventos. También presentaron (parcialmente, ya que nunca escuché mencionar su nombre) a un músico local que estaba innovando técnicas de riffs experimentales de metal. Y en efecto, sonaban espectaculares y, para mi oído corridóon más no experto, únicos en su género.

Justo cuando el virtuoso guitarrista tlaxcalteca explicaba en qué consistía su innovadora técnica con un vergonzante preludio nopal-justificativo que constaba en pedirle “al público criterio ya que él era nacional y estaba intentando lo mejor que podía”, dejé las periferias tlaxcaltecas para comenzar a entonar la radio chilanga. El imbécil del Sopitas y otro locutor reciclado habían escogido un tema innovador para su programa: el día de San Valentín. Traté de sintonizar RadioIbero (¡güé!) y el playlist electro-cool del ipose de alguien me mandó a escuchar el típico bossa-nova de Horizonte. Justo llegando a la capital sentí el peor pánico radiofónico.

14 February, 2008

02.02.08 – la morsa y el camello

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El camello hablaba con sustantivos. Expresaba todo lo que se tenía que hacer basándose en conceptos irrefutables como ‘validación’, ‘promoción’, ‘justificación’, ‘operación’, etc. La morsa lo miraba con esa expresión que le anunciaba que si se extendía un minuto más, lo golpearía. Todos los demás, dormitábamos. Se escucha un rechinido y la morsa, rascándose la barba, se acerca lentamente al camello. Algunos de los asistentes despertamos bajo la indirecta promesa que anunciaba acción y violencia. Nada de eso pasó, la morsa sólo le dejó unos papeles y se retiró. El camello, inmutado, siguió con su sermón.

Pasó el tiempo acompañado de discursos redundantes postulados por canarios, hipopótamos, orinitorrincos, hienas y hasta conejos. La morsa sólo movía las cejas con sentidos de intolerancia y frustración. Quién esa él para habernos metido en semejante lío. Y quién éramos nosotros para resolverlo. Pero había que dejar correr la discusión. Yo hice discretas intervenciones tratando de poner alimento para los demás, pero la atención estaba más en ellos mismos y las conejitas de alrededor.

Al día la evolución había trazado su camino. La hiena había identificado sus presas y las tenía a la vista observando cada uno de sus movimientos. Al final, no hizo nada más que estudiarlos. La morsa empacó sus cosas con un espíritu de resignación. El camello siguió hablando mientras todos lo maldecíamos en ese pequeño espacio que se abre entre la aburrición y el hartazgo. Ninguna presa se convirtió en alimento, pero todos tienen sus garras listos. Así son todos los días en ese lugar, el tiempo pasa y parece no pasar nada hasta que ya sucedió.

5 February, 2008

28.01.08 - …de ‘cuenta-patas’ y ‘cuenta-hojas’ …

Cuando empecé a difundir mis macabras intenciones de abandonar las líneas ultra-capitalistas con el fin de dedicar la mayoría de mi vida a temas de desarrollo social, económico y ambiental, mi entonces gerente de proyecto solo comentó “ahh, entonces eres un comeflores”. Y aunque el término no es estrictamente correcto, su sentido lo es al grado de que ya forma parte de mi propio vocabulario (y posiblemente también del tuyo) y se ha vinculado con otros conceptos similares: como el de ‘abraza-árboles’ dedicado a los ambientalistas.  

Ahora que me he empezado a involucrar con los sectores más técnicamente verdes de los círculos de los estudiosos de la flora y fauna, he detectado dos conceptos que categorizar genialmente a los biólogos clásicos: ‘cuenta-patas’ y ‘cuenta-hojas’. Y lo maravilloso de estos conceptos está basado en la realidad científica y, como lo suelen ser estos nombres irónicos, en la crítica ácida.

Lo primero lo viví hace unos días cuando en una junta para definir la realización de algunos materiales educativos, un científico nos mostró su estudio post-doctoral que había constado de identificar, fotografiar y categorizar las características biológicas básicas de toda la flora del sureste mexicano. Tablas enteras de información se organizaban con tal de que cualquier persona pudiera tomar una hojita de cualquier planta del bosque y, al identificar sus características básicas (como forma, color y textura), se eliminaban posibilidades hasta llegar a definir la especie a la que pertenecía la hojita. Ya sabiendo qué planta era, se tenía acceso a saber los usos de ella, información biológica así como información cuantitativa. ¡Impresionante!

Pero así como, supongo, ha de ser extremadamente útil saber cuántas hojas, manchitas, piquitos, esporitas y demás características cuantificables de una planta o animal, el extremismo biológico lleva consigo una crítica importante. Al parecer, la biología, ecología y zootecnia ortodoxa sigue algo resistente a incorporar el impacto del ser humano en la ecuación de la realidad. Sí, un biólogo llega, cuenta hojas, analiza estadísticamente y llega a conclusiones. Si la población que vive en el lugar ha modificado su entorno es meramente circunstancial y no es considerado dentro de las variables. Y si se integra a la ecuación de estudio a esas personitas que, bajo su juicio, cultura y contexto social modifican su entorno, existe el riesgo de que el estudio no sea biológicamente aceptado.

Afortunadamente, nuestro amigo del estudio impresionante sobre flora del sureste mexicano no es un ‘cuenta-flores’ ortodoxo ya que también realizará un curso de etnología ecológica.