Yo Mero

31 March, 2008

30.03.08 – g-localismos…

Los nacionalismos están prácticamente muertos. No importa de dónde eres o dónde estés, sigues siendo una persona en el mundo cuyas afinidades pueden ser igual de similares a las de tu vecin@ de cuadra o continente. La tendencia va hacia polos opuestos: la mundialización y la localización. Pero como todo siempre es más complicado, esos conceptillos resultan reduccionistas ante lo que un ser humano entiende de sí todos los días. Estamos atrapados y las definiciones académicas (¿g-localización?) explican menos que los anécdotas de un domingo a medio día.

Los domingos abren las instalaciones de Radio UV para que productores locales puedan comercializar sus productos. Después de probar la miel AFPA, el Sr. Andrés Torres se convirtió en mi fiel dealer de miel. Aunque su producto es maravilloso, él prioriza el cuidado de sus abejas a las oportunidades de comercialización masiva. Llegó al punto de reflexionar sobre su vida, el bienestar de sus abejas y la calidad de su producto y decidió vender sin intermediarios en pocos espacios locales de venta y centrar su producto a la exportación de productos de calidad. Así que sólo puedo comprar miel los domingos en Radio UV.

Después de compara un litro de miel y tomarme un vaso de pulque natural*, me acerqué a una mesa que tenía bolsas de cartón reciclado, libros para biologuitos y copias de libros sobre técnicas comúnmente utilizadas en el desarrollo ambiental. Le pregunté a la anfitriona come-flores que quién era, de qué se trataba su puesto y si sabía dónde podía encontrar cartón reciclado con consistencia de opalina. Me respondió amablemente con el contacto de cartoneros, explicó que acababa de llegar a Xalapa para trabajar en temas de grupos sociales con actividades de desarrollo sustentable y era izcallense. Respondí con ironía que un izcallense no puede dejar su tierra así no más y esperaba que tuviera razones de peso para haberlo hecho. Estuvo de acuerdo pero aceptó que la Ciudad de México se había vuelto demasiado difícil y sus ambiciones profesionales en ondas de desarrollo sustentable la habían enviado a la capital veracruzana. Ya no abundamos más en el tema del orgullo izcallense porque era de esos sentimientos tácitos mutuos y nos quedamos de ver para discutir nuestros proyectos come-flores mundiales.

* Nota: consumir pulque antes del almuerzo representa un hábito sano y purificador; no signo alguno de alcoholismo

20.03.08 – Accent Reduction

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Los elementos del universos llegan a unirse para crear soluciones impresionantes para la humanidad. Esto que platico a continuación tiene pinta para ser una solución de esas.

Si de por sí, el jazz vocal es un arte extremadamente difícil y manoseado por los grandes productores de consumibles musicales del mundo, hay un elemento nacional que lo hace peor: la interpretación de clásicos del jazz entonando un acentazo ultra jevi. Y el gran problema no está en nuestro intento de hablar otro idioma sino en tratar de reproducir sonidos que tienen orígenes fonético y musical muy distintos a los nuestros. Tampoco quiero decir que solamente nativos del idioma inglés deberían cantar jazz (aunque eso evitaría que nuestras paisanas les diera por diana-krallizarse!), tan solo que se debe poner un poco de esfuerzo en su interpretación para que resulte agradable para el escucha.

Una solución poco utilizada por algunos cantantes ricos y famosos es seguir los pasos de la ópera y contratar a maestros de la lengua en la que se cantará para que el artista tenga un pleno dominio del idioma extranjero. En el caso de la ópera, eso les sirve mucho a los paisanos cuya reputación y talento es medida juiciosamente por los rígidos estándares perfeccionistas de escenas europeas. Así que cualquiera que quiera triunfar tienen que aprender rusos, alemán e italiano como mínimo.

En el caso del jazz, todo debería ser más natural. Las audiencias buscan más ese talento y vibra. Las perfecciones del acento no deben llegar a tal perfeccionismos (si es que las cantantes cuentan con groove). Simplemente no debe andar gritando “somertaim” en público. Por eso, esta semana se materializó una gran solución para las cantantes de jazz que insisten en tratar de cantar en ese idioma que vio nacer el género musical pero ignoró a su lengua materna: Accent Reduction Lessons.

Accent Reduction consiste en integrar lecciones de solfeo con pronunciación de inglés. Simplemente se tienen dos profesores en un sesión dedicada al aprendizaje o práctica del jazz vocal. Uno de ellos guía a la vocalista sobre la entonación y solfeo del género mientras el otro profesor los guía sobre pronunciación. Así que la entonación encuentra su símil fonético en un ejercicio mucho más libre y pragmático que el de otros géneros musicales. Y tomando la idea y llevándola más lejos, podemos inclusive apoyar la construcción de nuevas generaciones de vocalistas. Paquetes como el “Follow Bessie Smith” o “Follow Cassandra Wilson” no sólo acabaría con los rascuachísimos acentos en inglés, sino que se tendría una influencia directa de ciertas vocalistas de jazz relevantes en los nuevos talentos con tal de que no caigan en seguir mucha de esa basura que inunda los infomerciales y las tiendas departamentales.

17 March, 2008

14.03.08 – sobre metodologías para lavar platos (reprise)

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A mediodía, me llegó un mensaje que decía “vecino, me sobró producto, te invito a cenar así que ni comas nada antes”. A mi me brillaron los ojitos y empecé a salivar. Como es obvio, ante la necesidad de no tener hambre se me desató una de esos ataques de antojos que sólo un ejército de embarazadas en el Sahara tendría. Mi estómago, coludido con mi cerebro y papilas gustativas, sólo especulaba si le había sobrado mejillón, ostra, bonito, atún, almeja o cangrejo. De perdida un quesito al aceite con albaca o arúgula fresca.

Mis más atascados delirios se cumplieron y el ayuno valió la pena. Las más espectaculares manitas de cangrejo, acompañadas de un sashimi de atún con arúgula, una probadita de almeja negra a la mantequilla y un par de ostiones con salsita de chiltepín como postre. Un trago de una Montejo helada y el paraíso había caído a Xalapa. Descansé mi cuerpuerquito unos minutos y antes de irnos de reven, cumplí mi parte del trato: lavar los platos.

Anteriormente, había hecho referencia a la complejidad que involucra lavar platos en público. En aquella ocasión, comenté el escándalo y fricciones que se presentan entre seres humanos normales y alemanes si es que no se sigue al pie de la letra su metodología de lavado. Esta vez, no regreso a es metodología, sino a un conflicto similar: lavar platos ante la mirada de una ambientalista.

Yo no me considero un despilfarrador o un consumista inconciente. Es más, creo que en algunos casos, mi absurda meticulosidad en la optimización de procesos me han ayudado a establecer mañas positivas que permitan evitar gastos innecesarios de recursos naturales básicos. Pero ante los ojos de un extremista ambiental, nada es suficiente. Ante esa presión utilicé el chorrito de agua más pequeño de la historia y el jabón biodegradable que tanto presumía. Además, el contexto era difícil: el estúpido jabón biodegradablemente verde no quita la grasa y el olor que tal bacanal de marisco contiene. Ante la mirada de la ecologista yo tallaba sin cesar aprovechando todo ese chorrito que parecía un hilito. Mi inicial sentido de culpa se empezaba a transformar cuando esa posición de lava-platos hace que la espalda se engarrote. Con gotas de sudor en la frente, volteaba a ver si los ojos penetrantes de la moral ecológica seguían sobre mis acciones. Y justo cuando se distrajo, abrí la llave para enjuagar todo y dejarlo a secar. Ya con todo en su lugar, envié al reciclaje mi debate interno sobre la paradoja desarrollista entre los derechos humanos y el extremismo ambientalista, abrí una cerveza y adopté esa extraña postura de niño chiquito después de haber hecho una maldad.

12.03.08 – las virolas

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Hace algunos días di una de esas vueltas tontas que uno suele dar cuando anda baboseando. En esos casos, Xalapa puede ser engañosa, ya que tiene una organización vial diseñada con la finalidad de que pagues la penitencia de cualquier equivocación acabando del otro lado de la ciudad. Ya cuando sentía que mis intentos de regresar a donde venía eran inútiles, enfrenté un horrible embotellamiento. Asomo mi cabeza por la ventana tratando de identificar la razón que semejante tráfico me impediría llegar a mi destino en menos de veinte minutos. No lograba ver nada evidente hasta que un señor se acerca y me comenta con tono indignado que a los de tránsito se les ocurrió estacionar a las virolas y todo estaba cerrado.

Pasaron los días y las virolas famosas regresaron a mis oídos. Las preparaciones de vacaciones estaban siendo dominadas por ellas al grado de que me recomendaron no salir de casa el día de que ellas pasaran por Xalapa. Parecía gravísimo. Yo imaginé que debía ser algo equivalente a la peste o un ataque bacteriológico jarocho con destino al Estado de México. Así que para evitar siguiendo imaginando más barbaridades, le pregunté al budista sobre las enigmáticas virolas. El budista mueve la cabeza en sentido de reproche (y eso que casi nunca lo hace…) y me pide que me siente.

Hay muchos síntomas del subdesarrollo y la estupidez. Y las virolas son un gran ejemplo. Resulta que, en aliento a la inversión industrial de este país, nuestro orgullo industrial cementero se le ocurrió armar algún tipo de planta que contiene unas especie de hélices que pesan 90 toneladas y miden dos carriles amplios de carretera. Semejantes cilindros no pudieron se construidos en México y algún valiente se le ocurrió aventarse el paquetito de transportarlas desde España hasta Puebla. Al parecer, el idiota pensó que la transportación a través del Atlántico sería igual de fluida desde el puerto hasta Puebla, especialmente en el paso por Xalapa.

La primer gran estupidez fue la falta de cálculo de las dimensiones. Ahora, hay un equipo dedicado a desmontar puentes completos en preparación para el paso de las virolas. Ya que la prepotencia industrial y gubernamental les permite cerrar cualquier calle. Inclusive, hacer de un lugar como Las Trancas, un pequeño estacionamiento de media docena de virolitas mientras llegan las otras de su madre patria.

La segunda estupidez seguramente le provocó el vómito a Galileo. Al pasar por una curvita, resulta que la virolita dejó caer su pesito de 90 toneladitas al interior de la curvita. No sólo estaba un cilindro que ocupa el ancho de la carretera atorado ahí, sino que no hay modo de moverlo dado su ligereza. Y de ida y regreso, una gran fila de autos, entre ellos yo, elucubrando la finalidad de una virola. En fin, al parecer esto solo es el principio, ya que estas amigas están por cruzar la ciudad en cualquier minuto para aventurarse cuesta abajo por las faldas del Perote hacia los valles que despiden la compleja geografía e incompetente infraestructura de Veracruz.

10 March, 2008

03.03.08 - Así pasa, los pedos se juntan…

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Hay frases populares que tienen demasiado poder descriptivo. Así pasa, qué se le va a hacer. Es tal el poder que frases, como la del título de este post, no solo narran un momento pero trascienden como lección de vida.

El sábado pasado lo amanecimos con la bella noticia que ponía al auto prestado de mi padre en tabiques y sin llantas. Sorprendidos por el entorno pacífico de la San Miguel Chapultepec y por el descaro de los polis que todavía llegan a asombrarse del hecho que ellos mismos debieron haber prevenido, canalizamos todo el coraje hacia el cosmos por medio de unas cuantas chelas.

Pasaron los días y justo cuando el auto iba a ser auxiliado y removido de esa humillante posición (ni quiero pensar cual es la deshonra humana equivalente a la de un auto en tabiques), la vesícula de mi madre se le ocurre explotar cual terrorista suicida. El auto se mantuvo en tabiques y la mamá ingresó a un hospital.  Así como un transeúnte me pregunto frente al auto en tabiques, “¿se las volaron, vea?”, a algún ocurrente doctor consideró preguntarle “¿le duele? a una señora prácticamente en llantos. Afortunadamente, los transeúntes de la San Miguel no son tan proactivos como los doctores de Sta Fe ya que se limitan a ver en lugar de andar dando golpecitos insistiendo que el paciente le diga si le sigue doliendo o no.

En fin, la mamá fue operada y salió bien. Y el papá fue por las llantas de su añorado auto. En la ardua negociación con el llantero, mi papá insistió en que el mecánico se apurara ya que  mi madre seguía convaleciente en el hospital. Ante eso, el llantero tronó la boca condescendientemente y sólo dijo “así pasa, los pedos siempre se juntan … usted no se preocupe, le doy buen precio …”

9 March, 2008

25.03.08 – de vuelta a Tapachula

Una evidencia de que ha pasado el tiempo es que tuve que sentarme a repensar cuándo fue la vez que fui a Tapachula. Habrá sido hace seis años o poco más. En aquél viaje, acompañe a mi prima a sondear las posibilidades de que hiciera sus estudios de campo en migración para su doctorado en sociología. De esa ocasión recuerdo la facha de la ciudad, los tamales de chipilín, el contacto con el quinto mundo cruzando la frontera, los intentos de conversaciones con polleros y un maratónico viaje en múltiples transportes populares por la sierra hasta San Cristóbal de las Casas.

Hace, también casi seis años que dejé de dar clases. Salir de la universidad me encaminó hacia la vida laboral de tiempo sobre-completo así como otras desafortunadas aventuras. Lo interesante es que, de alguna manera, extrañaba mis clases. Estoy seguro que en casi 7 años de dar clases aprendí más de lo que impartí (por el hecho mismo, no por la calidad del profesor … hago notar). Y no sólo a los temas lingüísticos que impartía, sino a cuestiones más sociales de esas que ni se pueden explicar.

Esta vez, me encuentro de vuelta en Tapachula, y curiosamente, invitado para impartir unas clases a los alumnos de maestría en desarrollo rural. Mi prima está ahí también, por segunda vez viviendo en esta ciudad en donde hay señalamientos hacia Guatemala como si indicaran para el centro, pero ahora como investigadora del ECOSUR. A mi llegada no hacía calor. Diez minutos después, ya estaba empapado y con peinado de la ‘pequeña Lulú’. Al entrar a la ciudad, no la reconocí hasta que los taxis empezaron a tocar su claxon como si fueran patos. Al parecer este ecosistema taxista es muy eficiente y económico, pero también muy ruidoso.

A dos horas de haber llegado y ya cubierto de sudor, comienzo mi primera clase. Bueno, mi objetivo era que fuera o una provocación o un experimento en lugar de una tradicional clase académica. Se trató de un poco de las anteriores posibilidades. Impartir una sesión sobre “Tecnologías de Información y Comunicaciones para el Desarrollo” resultó ser nada sencillo. Y más si la audiencia son biólogos, agrónomos y ecólogos. Si de por sí, es complejo establecer un marco teórico basado en la sociología de Castells en relación a las evidencias de las transformaciones sociales que están transformando como los seres humanos se relacionan a través de medios tecnológicos, un poco más si la audiencia es cuenta-hojas. Pero todo salió de forma interesante después de tener que aplicar amplias dosis de ironía, expresar hipotéticos puntos de vista radicales e insistir que los amiguitos dijeran lo que pensaban. Las conclusiones fueron varias: se valoró muy positivamente que se impartiera esa clase en un curso de maestría; con un poco de persistencia, cualquier persona puede identificar que las nuevas tecnologías nos están cambiando por lo que algo se puede hacer con ello, y; la juventud de nuestro país es fatalista y desesperanzada … hasta los que estudian Desarrollo.

El día siguiente comenzó bien, con un tamal de chipilín de desayuno y buen café. ¿Qué mas se puede pedir? Con gran humor comencé mis cuatro horas de sesiones dedicadas a introducir a mis amigos cuenta-patas al verdadero mundo de lo inevitable: planeación, propuestas, metodologías, presupuestos, cronogramas, análisis múltiples y, lo más temible de todo, procuración de fondos. Ni yo estaba preparado para tanto. Esperando que los ecólogos tuvieran noción de cómo hacer propuestas de proyectos y recibir financiamiento para que lograran salvar al mundo, me quedé afónico y exhausto. Otro síntoma de que habían pasado seis años.

Salí de ECOSUR sin voz y con muchos planes para regresar. Hicimos la parada a un taxi, el cual pitó aunque éramos los únicos ahí y airosamente le hacíamos la parada, y me dirigí apresuradamente al aeropuerto. Sin tiempo para comprar cacao o chipilín, me conformé con un delicioso chocolate chiapaneco en tableta. Guardé la bolsa en mi mochila para evitar cualquier sobredosis chocolatera y volé de vuelta a casa (las 15 horas en redilas sierra arriba no se extrañan ni por Aviacsa).

16.02.08 – Gallos distraídos, ventarrones y otras cosas

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Los nuevos hábitat significan un proceso de difícil adaptación. Una nueva casa contiene muchas sorpresas que aparecen cuando menos se esperan y de las formas menos comunes.

Mis primeras sorpresas fueron auditivas. Cada día, cerca de las ocho de la mañana empecé a notar que despertaba con un ligero murmullo el cual no lograba a distinguir. Después de varios días, identifiqué la tonadita. Era el clásico de todos los tiempos “Sergio el bailador”. ¿Porqué  demonios me levanto tarareando “Sergio el bailador”? También noté que, entre más tarde me despertaba, más presente estaba la tonada en mi mente. Comencé a fijarme en los sonidos vecinos y percibí que la ahora tradicional grabación de “tamales oaxaqueños” estaba muy presente en el vecindario por las noches así como en las mañanas, el camión de gas traía música pegajosa que culminaba con un cencerro estruendoso. ¡Era horrible! Al fijarme más, esta compañía maléfica de Gas Express era la culpable de mis tarareos involuntarios. Los desgraciados se pasean todas las mañanas con una versión de la rola que promociona mediante unas torretas altisonantes a la maldita gasera.

Días después de combatir al “Sergio el bailador” de mi cabeza, di hospedaje a un colaborador del proyecto. Al segundo día de su estancia, lo encuentro agotado por la mañana y me comenta que no ha podido dormir. Me sorprendo, ya que después de venir del DF, mi cabañita colindante a la áreas naturales protegidas del Cofre de Perote es bastante silenciosa. Con tono consolador, le platico que hay algunos perros que ladran por la noche pero que no deberían quitarle el sueño. El responde angustiado, asintiendo que a parte de los mil perros que nunca paran de ladrar, hay gallos. ¿Gallos? Al ver que yo no entendía a lo que se refería, me voltea a ver y dice: “¡Sí, gallos distraídos!”. Yo no sabía que la distracción de un gallo que no identifica el día de la noche podría ser tan trascendente.

Y estos días ocurrió algo más tembloroso. Siento que mueven la cama y despierto entre lagañas. Al no ver nada ni nadie, entro en un trance mental que da play al Dark Side of the Moon y me vuelvo a dormir pensando que era tan sólo el viento el que movía la casa de un lado al otro. Despierto momentos después y todo es normal. El viento había apagado el calentador y desplazado las hojas de la entrada. Al llegar a la oficina todos platicaban sobre el temblor.