07.04.08 – batallas …
Comienza a oler a café por toda la casa. En la modorra tradicional de la mañana, me sirvo un poco y volteo al mi alrededor en sentido de reconocimiento del área. Todo seguía ahí, aunque había un ambiente distinto. Me senté, puse un poco de música y abrí la puerta del patio. En mi regreso veo una escena desastrosa: un campo de batalla inundado de cuerpos sacrificados y agonizantes.
Había evidencia de que la pelea había sido cruel, despiadada y asfixiante. Los pocos sobrevivientes, heridos la mayoría de ellos, arrastraban sus cuerpos en círculos alejándose y acercándose a sus propios crímenes de guerra. Y aunque los dos ejércitos podían ser claramente identificados, como testigo, no tenía elementos para siquiera saber el partido de los contrincantes. ¿Había buenos o malos, atacantes y defensores, vencidos o vencedores?
Los rojos, corpulentos y armados, yacían en el piso en minoría. Los negros llenaban de cadáveres el campo de batalla intrigándome si todos esos aparatos voladores habían caído en la furia del ataque o por voluntad kamikaze. Tal escena hizo que llegara a preocuparme de mi propia existencia. ¿Qué pasaría si los vencedores reagruparan a sus tropas y atacaran por la noche? ¿Sería mi destino el mismo que el de los rojos agonizantes? ¿O el de los desmenuzados alados?
Revisé las paredes y el segundo piso de la casa. Todo parecía estar en calma en toda la superficie excepto en esas hendiduras que unen las paredes inclinadas y el techo. Al fijarme con detenimiento, noté algo de vida dentro de esas grietas oscuras. Estaban ahí, latientes e inalcanzables. Nunca pensé que el descubrimiento de sobrevivientes de guerra pudieran causarme tanta inquietud.
Barrí los restos sangrientos dejados por la batalla, tratando de olvidar esas imágenes. Mi memento quedaría solapado por un solo concepto: canibalismo. Después de una batalla campal, los sobrevivientes se vuelven alimento para los demás. Solo así pasaría a salvo la noche.