20.05.08 – otra vez, el cuartito …
Muchos de nosotros ya los conocemos. Blanquitos, paredes medio desgastadonas, con sillitas incómodas en donde se sientan otros señalados, olor con destellitos a cloro combinado con un ligero aroma multicultural, malas réplicas de actores gringos y una atmósfera de incredulidad. Esta vez me dieron mi folder rojo que contenía mis documentos y una hoja sospechosa en la cual el oficial había escrito los motivos por los que me había pedido que caminara hacia ese cuartito blanco con puertas verdes. Llegué a las puertitas verdes y abaniqué el folder en acto de presencia. El bizarro del papá de Chis (Rock … every body hates Chris) sin dejar de gritarle a un chinito que ni taka podía decir en gabacho me dejó pasar instruyéndome con la ceja que dejara mi foldercito en la repisa junto con los otros.
Me senté junto a otros chinitos y a un lado del paisano de las botas de víbora. Volteé a mi alrededor y recordé todas esas veces que, ante la ineptitud y paranoia americana, visitamos los cuartitos estos del aeropuerto de Los Ángeles. Entró el clon de Will Smith haciendo payasadas y gritando cual príncipe del rap. Pero la audiencia no quitaba las caras largas. La familia de chinitos no entendía nada, para colmo, a su compatriota namás le daban de toallazos en frente de todos y una familia de centroamericanos esperaba resignada ahora que su viaje había sido cancelado por las fuerzas migratorias gringas. El escenario era patético, los únicos seres humanamente amables eran un dominicano que fusionaba a Bruce Willis con Rubén Blades y el clon esbelto de Jackie Chan quien me pidió mis datos para que en Washington se cercioraran que yo no era el criminal que estaban buscando. A mi me quedó únicamente extrañar los cuartitos californianos, que siempre tenían más ambiente y espectáculo (como a los compas que los detenían sólo por apellidarse Bejarano o los que trataban de justificar su exceso de ‘pollos camperos’ en su maleta).
Tres horas después, Bruce Blades llama mi nombre y me dice que no soy la terrible amenaza que aterroriza a este paraíso de libertades al que estaba llegando. Se abre la puerta y, entumido, salgo hacia los laberintos del aeropuerto. Me alcanza una jauría de soldados gabachos. Puro escuincle prepotente disfrazado de GI-Joe me acompaña al trencito aeroportuario. Inmediatamente, los niños envueltos en asesinos toman el lugar dedicado a minusválidos y ancianos sin romper la inercia del tronido de chicle y head-banging reprimido por la intromisión de un i-pod. Uno que otro gringo se sube al vagón y saluda a los imperialistas como si fueran sus orgullosos representantes. Yo no puedo dejar de ver el letrero que lee “sólo para descapacitados”.
Salgo del tren, subo las eternas escaleras eléctricas y llego a la tierra de los sueños. Me reciben dos Starbucks Coffee (uno frente al otro así como en Shrek) y un espacio lleno de obesos, consumibles, comida chatarra y empleados morenos. Doy varias vueltas y al ver que el contexto cambia con la variedad del desierto que alojaba al correcaminos, le entro a un roast beef con extra grasa. Afortunadamente, estas dos horas restantes en este primer mundo se pasaron rápido y no tuve que conocer la bellísima ciudad de Atlanta.