06.08.08 – Zozocolco creciente
Entre Papantla y Cuetzalan está Zozocolco. A este corazón totonaca se puede llegar sólo por brechas cuasi-pavimentadas o helicóptero. Nos contaban que entre las tres montañas guardianes del pueblo, sólo una iglesia de piedra caliza se erguía para ver las cañadas. Las cascadas de los alrededores eran de agua cristalina y que, a pesar del embate cultural que vivimos, un grupo de jóvenes se habían reunido para organizar campañas de educación, preservación de la cultura totonaca, diversificación de cultivos y desarrollo comunitario. Teníamos que conocer ese lugar.
Emprendimos la visita bordeando Puebla, con una bellísima escala en Cuetzalan para desayunar, para llegar a nuestra cita con el presidente municipal de Zozocolco. Dejamos atrás los poblados asombrándonos cada vez que el camino se asomaba por alguna de las tantas verdes cañadas. Dejamos el español por el náhuatl y después por el totonaco sin comprender una palabra excepto un cálido ‘buenas tardes’ recíproco. En el camino nos encontramos con templos en arrecifes, miradores mágicos y riachuelos destellantes.
Zozocolco nos recibió con la fachada de una ciudad que dormitaba a medio día. Policía vigilando, hombres mirando desde los portales de la calle principal, mujeres cuchicheando en voz baja y un calor húmedo incesante. Dimos una vuelta al pueblo para hacer tiempo y notamos que el único que faltaba por llegar a esta joya totonaca era Telcel. Se veía el claro ejemplo de que todos somos consumidores de lo mismo, a pesar de las distancias, culturas e ideales ancestrales. Sin tener Internet, contamos la existencia de tres cafés de computación en donde, por lo general, los estudiantes llegaban a hacer sus tareas bilingües. También, notamos el reciente esfuerzo por mejorar la infraestructura física del pueblo así como la propaganda de los patrocinadores nacionales, indigenistas, estatales y municipales.
Con gran calidez, el grupo de jóvenes del cual nos habían platicado nos acompañaron intercambiando experiencias sociales y preguntas sobre nuestro proyecto. Al parecer, este grupo era cultural, social y políticamente muy activo al grado de que el actual presidente municipal era su líder. Se mostraron perspicaces e interesados en lo que nosotros estamos haciendo y conforme nos fuimos conociendo, logramos establecer un intercambio de posibilidades natural, abierto y propositivo. El potencial se descubrió evidente tanto para ellos como grupo de jóvenes con un ferviente deseo de expresarse y colaborar con su comunidad por medios audio-visuales, como para nosotros como proyecto habilitador de grupos sociales.
Al concluir la primera sesión de presentación, un voluntario del grupo se ofreció como guía y nos hospedó en el único (aunque casi en obra negra) hotel del pueblo, nos alimentaron en la casa de algún pariente y nos sugirió que nos cambiáramos para ir a las cascadas. Ante eso último, el budista compró un atuendo de gringo en vacaciones y yo el de renegado de los noventa. Caminamos por el pueblo y después por algunos potreros para después adentrarnos en la cañada. Poco a poco se comenzaba a escuchar el ruido del agua hasta que minutos después llegamos a un paraíso casi intacto. Un río aparentemente de bajo caudal bajaba por la cañada para unirse a la desembocadura de una serie de pequeñas cascadas. Algunas familias disfrutaban del agua cristalina aventándose por las cascadas cual toboganes y chapoteando en las lagunas que formaban. Nosotros recorrimos el río asombrados de la belleza del lugar.
Parecía como si no hubiera pasado el tiempo cuando sentimos las primeras gotas de lluvia. Sería imposible llegar secos al pueblo otra vez así que optamos por alejarnos de las cascadas principales y regresar a aquellas menores que rodeaban una pequeña laguna. Ante el inminente aguacero, escondimos las cámaras bajo una piedra y saltamos a la laguna. En ese instante, una tormenta se precipitó tan fuerte que era más agradable estar nadando en las lagunas que bajo la lluvia. El budista y yo movimos nuestros puerquitos para hacer todas esas acrobacias que los niños (con mayor soltura, gracia y ligereza … por supuesto …) disfrutan cuando hay trampolines naturales y pozas profundas de agua de manantial.
Ya cansados de tanto chapotear y casi ciertos de que la lluvia no se detendría jamás, optamos por regresar al pueblo. Caminamos río arriba hasta donde habíamos llegado. Encontramos un pequeño techo y enguanto le enviamos un último vistazo a ese maravilloso cauce, se escuchó un a lo lejos que aumentaba fuertemente. Las familias que se resguardaban en el techito se alarmaron cuando una señora gritó ‘ahí viene la creciente’. Volteamos hacia el río para ver que olas de un metro de alto bajaban torrencialmente por el río arrastrando todo lo que se les ponía en frente. Asombrados por ese poderosísimo fenómeno natural habíamos omitido nuestra resucitación hasta que un señor se acercó para preguntar ‘¿hace cuánto que subieron?’. El budista se puso pálido y exclamó en palabras santas ‘… dos minutos más y nos lleva la chingada …’. Un niño que se nos quedaba viendo lo corrigió: ‘se llama la creciente … y está juerte … ira, ahí va un tronco’.
De vuelta al pueblo, las familias platicaban historias de cómo cauces aparentemente bajos ‘luego’ se llevaban autos y casas enteras. El budista mantuvo su color a susto y en las siguientes horas, casualmente, nuestros ejemplos sobre educación y concientización social tuvieron que ver con agua, turistas y protección civil.
Cuando alguien te contacte y te diga que soño contigo, y que por favor te cuides… tomalo con más seriedad jovensito =P, aunque lo bailao y lo paseao nadie te lo quita(espero ver fotos). De cualquier forma siempre te envío buena vibra, BESO
Comment by Montse — 7 August, 2008 @ 3:00 pm
La historia quedaria buenisma con fotos que muestren poco más…de cualquier modo me quedo con el relato tal cual, que cada palabra encierra muy bien la escencia del lugar.
saludos. Criss
Comment by cristina — 26 September, 2008 @ 4:09 am