27.10.2008 – Dilemas de la interacción con la interactividad
En las ciudades medianas de provincia dominadas por los aparatos gubernamentales y estructuras universitarias espesas, muchas veces nos podemos encontrar con una abundancia de ideas que deambulan por canales reducidos sin encontrar un espacio para sentirse escuchadas y enriquecerse con las palabras de los demás. Nosotros aprovechamos esta ausencia de espacios libres, abiertos y comunes de intercambio de ideas para exportar a una ciudad entera nuestras tradicionales conferencias internas. La apuesta es sencilla pero ambiciosa: invitar a conferencistas que planteen pensamientos vanguardistas sobre el desarrollo sustentable, la educación, la tecnología y el diseño con el fin de sembrar semillas intelectuales, provocar discusiones (internas y colectivas) y forjar una comunidad itinerante multi-disciplinaria.
La tercera conferencia de este ciclo tenía por tema “Paradigmas de la interactividad en la educación y el arte”. El problema surgió al darnos cuenta de un aprendizaje colectivo: los títulos rebuscados les gustan a los promotores pero ponen en jaque a los diseñadores (¿qué imagen podía acompañar ese título?). Los diseñadores tomaron su orgullo cual estandarte y se pusieron a crear. Los ingenieros nos fuimos de fin de semana. Pero fue justo en el trayecto hacia la ausencia laboral del fin de semana cuando llegó un rayo de iluminación creativa se fusionó con la crisis financiera. En la autopista México-Puebla repasaba mentalmente nuestro precario flujo de efectivo con tal de plantearme un reto creativo-financiero: ¿Qué diseño representa la interactividad si no se tiene dinero para comprar los tóner que necesitamos para imprimir los carteles?
La respuesta constó en realizar un experimento que, afortunadamente, fue aprobado por nuestro conferencista invitado. La idea no era nada del otro mundo, simplemente lanzar a la ciudad carteles interactivos. Ante ese planteamiento, los tecnólogos hablaban de censores y páneles digitales mientras que los diseñadores se me quedaban viendo con cara de profunda desaprobación. El punto era que (ante el evidente gruñido del diseñador), el papel o el pdf fuera el espacio de interactividad y, ante eso, sólo aquellos interactuantes con esos medios inertes se volverían creadores. Así que imprimimos carteles a tinta negra con una pleca institucional y la invitación de la conferencia dejando un espacio enorme vacío en el centro. Conscientes de las barreras entre el papel y el hombre, en algunos casos se escribieron instrucciones precisas tales como “interactúa” o “¿qué tienes en mente?” y se dejaban crayolas colgando del cartel. En otros casos, le dimos un empujoncito a la interactividad pegando públicamente carteles con un garabato o dibujo (eso calmó la insurgencia diseñadora). El cartel interactivo mantenía el mismo concepto, el cursor actuaba como plumón para que se pudiera dibujar sobre el cartel mismo.
Una vez inundada la ciudad, expectantes, esperamos que aparecieran las reacciones. Había una expectativa relevante por saber cómo reaccionarían los estudiantes de diseño y arte ante una hoja en blanco. Y en menos de un día, llegaron las primeras reacciones dado que quitaron los carteles justo en la institución huésped de la conferencia porque sus alumnos, en lugar de expresarse artísticamente, aprovecharon el espacio para escribir leperadas y exigir que las promesas del director escolar se volvieran realidad. Mi respuesta fue políticamente correcta al evitar poner de nueva cuenta carteles en blanco ante futuros diseñadores en una escuela de paga. Por otra parte, en la institución artísticamente rival, se mantuvo el silencio respetuoso a la hoja en blanco. Vimos que una crayola se mecía intacta haciendo sombras en un papel blanco que destacaba entre la guerra de carteles xalapeños. Y cuando alguien dibujó algo, la polémica surgió en cuanto a la violación del cartel, el respeto a los espacios públicos y la pasividad social.
Días antes de la conferencia, en distintos puntos de la ciudad, la falta de interactividad fue una constante. Vimos carteles mínimamente rayados que estaban pegados sobre una pared grafiteada. Ante las pocas palabras escritas, llamaba la atención que sólo un par de carteles contaban con frases completas o escritos. Y en estas, nos surgió la duda de saber porqué la gente escribe “no sé qué escribir” como cuando le preguntan a alguien que diga algo y responde “algo”.
En fin, la conferencia abordó temáticas interesantes de la evolución del uso y entendimiento de la interactividad en el arte y educación. Los carteles desataron paradigmas educativos sobre la relación entre nosotros y una hoja de papel en blanco. Y en el arte, únicamente aquellos carteles que tuvieron algún tipo de autorización para ser rayado, alojaron aproximaciones artísticas interesantes. Al final de la conferencia, nos quedamos platicando con la única asistente que había llegado ese día únicamente atraída por el cartel. Nos veía confundida hasta que preguntó “pero … hay algo que no entiendo … ¿todos ustedes qué tienen en común?”.