Yo Mero

30 December, 2008

26.11.08 – Guayaquil como testimonio

Si alguna vez has ido a Campeche (city), seguramente comprenderás estas líneas. Otra opción es utilizar la imaginación (aunque es preferible añadirle un toquecito visual de Campeche).

Guayaquil, Ecuador es una ciudad bendecida por el progreso y las buenas costumbres. Originalmente, una ciudad comerciante con interesantes historias de piratas y bandoleros, la segunda metrópolis ecuatoriana es un ejemplo de cómo hay hipótesis populares que siguen siendo cuestionadas y que sólo una visita aguda las puede comenzar a documentar. Así, que iniciando con una visita en el guayal-turi-bus y finalizando con una ligera escalinata hacia el faro del centro del poblado, llego a las siguientes conclusiones.

Realidad 1: Lo naco es chido y entre más neón, más chido.
Construir la identidad de una ciudad a inicios de este milenio es una tarea definitiva para los conceptos de la estética. Me puedo imaginar las discusiones entre diseñadores, arquis, inges, políticos, busines-influyentes y demás metiches durante el trazo de la imagen del Guayaquil del siglo XXI. Habría que mostrar el progreso a toda costa, hacer espacios públicos, atraer el turismo, ostentar las ventajas del comercio y representar un vanguardismo tal que fuera acogido por la población y la iglesia. Con todo esto en mente (supongo), hoy se transita por la ciudad entre parques y plazas con juegos para niños. El malecón une espacios públicos con el tradicional mercado pesquero transformado en un monumento para lujosos banquetes que muestra a lo lejos un McDondald’s en forma de barca. En el horizonte, el centro histórico resplandece con luces de colores que adornan el viejo faro e iglesia que, cubiertos de luces neón y vigilados por piratas de fibra de vidrio, pintan un marco al buen gusto (hasta el Pepito del altar tiene lucecitas Made in China).

Realidad 2: Los niños juegan si hay parques.
Pero no todos los colores resplandecen cual artefacto seductor de insectos. Guayaquil tiene muchos parques. Y cada parque tiene juegos de colores alegres y divertidos. Y los niños, consecuentemente, habitan esas estructuras metálicas, resbaladillas intrépidas y areneros bajo el sol de la mitad de globo terráqueo. Y no me sorprende que los niños jueguen, ni que existan juegos de colores, sólo que la combinación resulta (contraria a la lógica) desafiar los protocolos sociales de un chilango. ¿O será que no recuerdo que Campeche tuviera tantos juegos infantiles (o niños, para el caso)? Pero el punto es que si hay niños, espacio y juegos de colores, las nuevas generaciones pueden convivir como niños (concepto ya anticuado) en lugar que como gringos gorditos frente a un monitor.  

Realidad 3: El turibús, como primer paso hacia el progreso.
A fines del verano, llegó a los provincianos rumores xalapeños que esa distinguida capital del estado veracruzano contaría con un turibús. A muchos se les hicieron brillantes los ojos frente a lo que significaba. Yo sólo me mofé chilangamente del tema desconociendo por completo el trasfondo del evento. El segundo evento de recepción en Ecuador (el primero fue un juguito de papaya con otra frutita tropical) fue subir a esa distinguida delegación mexicana que representábamos a un turibús. No sólo podríamos conocer la ciudad en una hora, si no que, por siempre recordaríamos que Guayaquil tiene un turibús. Orgullosos, los locales saludaron a los que tomábamos fotos en piso superior descapotado del vehículo. Los pasajeros saludamos de regreso y tomamos fotos pero siempre con una ligera alerta ante el peligro de ramas y puentes al nivel de nuestras nuestras cabezas.

Realidad 4: La prepotencia es una cortesía (para algunos).
Salí corriendo de mi cuarto de hotel al autobús que trasladaría a la delegación del congreso de un hotel a otro. Mi retraso menor se interpretó como puntualidad ante el contexto latinoamericano que llegaba de quince a veinte minutos tarde. Tomando esto en cuenta, los organizadores calcularon un trayecto de cinco minutos entre hoteles sin importar el tráfico de la ciudad ya que una amable escolta policíaca se encargaría de detener a cualquier ciudadano con el fin de que los exquisitos representantes de las organizaciones civiles latinoamericanas pudieran llegar a su sede con el caché digno de lo que no-representamos. Con la inocencia y bondad que nos caracteriza, el primer día pensamos que alguien realmente importante necesitaba esa imponente escolta. Al segundo día, nos dimos cuenta que los arbitrarios éramos los mismos plebeyos que luchábamos por los derechos y vida de los seres menos favorecidos y sistemas ecológicos de nuestra estropeada Latinoamérica. Preguntamos la razón de semejante incoherencia. Al parecer, fue una cortesía de nuestro anfitrión, el alcalde de Guayaquil.

11 December, 2008

19.11.08 – El Rey del Matrimonio

Alguna vez una amiga me contó la güajira historia de cuando se había encontrado a Bono (el de U2, no el otro más viejito) saliendo de un WC. Al platicar ese majestuoso encuentro de dos segundos, ella se ponía de todos los colores y sus manos comenzaban a sudar. En otro encuentro artístico-meets-mundano, al Ivganz le cambió su vida cuando escuchó, de viva voz, a Chabelo hablando como señor. Después de este impacto, su concepción del mundo ha sido inmensamente distinta.

Pasa el tiempo y llegamos a dudar sobre si en realidad hemos hecho callo a nuestra capacidad de asombro. No sería sorpresa de nadie que el destructor de la infancia del Ivganz resultara un asesino o que Miguelito Jackson un buen padre de familia. Todo eso, supongo, que más está del lado de la pluma y cámara de una buena empresa periodística que dentro de nuestra cabeza. No obstante, nunca hay que confiarnos ni decir ‘no me sorprenderé’.

La sorpresa inicial fue la invitación de mi amigo Sujo para que acudiera a su matrimonio. Y fue una sorpresa tri-partita. Primero, porque me invitaron (este año me acostumbré a ya no ser invitado a bodas). Segundo, porque se casaba (aunque no lo creas, me sigo sorprendiendo que gente de mi edad identifique este momento para unir su vida con otra a través de un papelito). Y tercero, porque la boda sería en (antes Sta. Fe de) Bogotá. Me emocioné tanto que hasta vencí mis traumas colombianos, me disfracé de pingüinito y bailé (sólo, un poquito … para qué hacer pensar milagros) güapachoso en Bogotá.

Tanta alegría, comida costeña y compañía de grandes amigos hizo del viaje y matrimonio fantástico. Pero, hubo más. Justamente llegando, brilló la estrellita en el horizonte, el Bono el W.C., la cereza en el pastel, el momento estelar del viaje: entre codazos de meseros sirviendo la cena pre-boda y pláticas graciosas entre visitantes y locales, estuvo presente el Rey del Vallenato 2001 (título nobiliario equivalente a un Grammy). Con acordeón en manos, chalán tocando un palito-primo-flaco-del-güiro, su fiel percusionista sudoroso y los aplausos incansables de todos los presentes (me incluyo hasta con la patita zapateando) el Rey del Vallenato 2001 demostró porqué sigue siendo el rey (rola que no cantó, pero que escuché en Colombia más que cualquier otra canción). Con voz fuerte latinona-protagonista y carismática platicó la historia del vallenato. Cada desamor, cada historia popular y cada himno a la vida diaria de un costeño. Interpretaba con maestría el instrumento mientras gesticulaba la alegría por la vida y las letras de los principales vallenatos que un turista debía conocer. Digamos que para llegar a ser el Rey del Vallenato se tiene que ser el mejor intérprete, poeta, animador y músico. Tener gusto para camisas latinotas y siempre una sonrisa en el rostro.