26.11.08 – Guayaquil como testimonio
Si alguna vez has ido a Campeche (city), seguramente comprenderás estas líneas. Otra opción es utilizar la imaginación (aunque es preferible añadirle un toquecito visual de Campeche).
Guayaquil, Ecuador es una ciudad bendecida por el progreso y las buenas costumbres. Originalmente, una ciudad comerciante con interesantes historias de piratas y bandoleros, la segunda metrópolis ecuatoriana es un ejemplo de cómo hay hipótesis populares que siguen siendo cuestionadas y que sólo una visita aguda las puede comenzar a documentar. Así, que iniciando con una visita en el guayal-turi-bus y finalizando con una ligera escalinata hacia el faro del centro del poblado, llego a las siguientes conclusiones.
Realidad 1: Lo naco es chido y entre más neón, más chido.
Construir la identidad de una ciudad a inicios de este milenio es una tarea definitiva para los conceptos de la estética. Me puedo imaginar las discusiones entre diseñadores, arquis, inges, políticos, busines-influyentes y demás metiches durante el trazo de la imagen del Guayaquil del siglo XXI. Habría que mostrar el progreso a toda costa, hacer espacios públicos, atraer el turismo, ostentar las ventajas del comercio y representar un vanguardismo tal que fuera acogido por la población y la iglesia. Con todo esto en mente (supongo), hoy se transita por la ciudad entre parques y plazas con juegos para niños. El malecón une espacios públicos con el tradicional mercado pesquero transformado en un monumento para lujosos banquetes que muestra a lo lejos un McDondald’s en forma de barca. En el horizonte, el centro histórico resplandece con luces de colores que adornan el viejo faro e iglesia que, cubiertos de luces neón y vigilados por piratas de fibra de vidrio, pintan un marco al buen gusto (hasta el Pepito del altar tiene lucecitas Made in China).
Realidad 2: Los niños juegan si hay parques.
Pero no todos los colores resplandecen cual artefacto seductor de insectos. Guayaquil tiene muchos parques. Y cada parque tiene juegos de colores alegres y divertidos. Y los niños, consecuentemente, habitan esas estructuras metálicas, resbaladillas intrépidas y areneros bajo el sol de la mitad de globo terráqueo. Y no me sorprende que los niños jueguen, ni que existan juegos de colores, sólo que la combinación resulta (contraria a la lógica) desafiar los protocolos sociales de un chilango. ¿O será que no recuerdo que Campeche tuviera tantos juegos infantiles (o niños, para el caso)? Pero el punto es que si hay niños, espacio y juegos de colores, las nuevas generaciones pueden convivir como niños (concepto ya anticuado) en lugar que como gringos gorditos frente a un monitor.
Realidad 3: El turibús, como primer paso hacia el progreso.
A fines del verano, llegó a los provincianos rumores xalapeños que esa distinguida capital del estado veracruzano contaría con un turibús. A muchos se les hicieron brillantes los ojos frente a lo que significaba. Yo sólo me mofé chilangamente del tema desconociendo por completo el trasfondo del evento. El segundo evento de recepción en Ecuador (el primero fue un juguito de papaya con otra frutita tropical) fue subir a esa distinguida delegación mexicana que representábamos a un turibús. No sólo podríamos conocer la ciudad en una hora, si no que, por siempre recordaríamos que Guayaquil tiene un turibús. Orgullosos, los locales saludaron a los que tomábamos fotos en piso superior descapotado del vehículo. Los pasajeros saludamos de regreso y tomamos fotos pero siempre con una ligera alerta ante el peligro de ramas y puentes al nivel de nuestras nuestras cabezas.
Realidad 4: La prepotencia es una cortesía (para algunos).
Salí corriendo de mi cuarto de hotel al autobús que trasladaría a la delegación del congreso de un hotel a otro. Mi retraso menor se interpretó como puntualidad ante el contexto latinoamericano que llegaba de quince a veinte minutos tarde. Tomando esto en cuenta, los organizadores calcularon un trayecto de cinco minutos entre hoteles sin importar el tráfico de la ciudad ya que una amable escolta policíaca se encargaría de detener a cualquier ciudadano con el fin de que los exquisitos representantes de las organizaciones civiles latinoamericanas pudieran llegar a su sede con el caché digno de lo que no-representamos. Con la inocencia y bondad que nos caracteriza, el primer día pensamos que alguien realmente importante necesitaba esa imponente escolta. Al segundo día, nos dimos cuenta que los arbitrarios éramos los mismos plebeyos que luchábamos por los derechos y vida de los seres menos favorecidos y sistemas ecológicos de nuestra estropeada Latinoamérica. Preguntamos la razón de semejante incoherencia. Al parecer, fue una cortesía de nuestro anfitrión, el alcalde de Guayaquil.