Yo Mero

30 December, 2008

26.11.08 – Guayaquil como testimonio

Si alguna vez has ido a Campeche (city), seguramente comprenderás estas líneas. Otra opción es utilizar la imaginación (aunque es preferible añadirle un toquecito visual de Campeche).

Guayaquil, Ecuador es una ciudad bendecida por el progreso y las buenas costumbres. Originalmente, una ciudad comerciante con interesantes historias de piratas y bandoleros, la segunda metrópolis ecuatoriana es un ejemplo de cómo hay hipótesis populares que siguen siendo cuestionadas y que sólo una visita aguda las puede comenzar a documentar. Así, que iniciando con una visita en el guayal-turi-bus y finalizando con una ligera escalinata hacia el faro del centro del poblado, llego a las siguientes conclusiones.

Realidad 1: Lo naco es chido y entre más neón, más chido.
Construir la identidad de una ciudad a inicios de este milenio es una tarea definitiva para los conceptos de la estética. Me puedo imaginar las discusiones entre diseñadores, arquis, inges, políticos, busines-influyentes y demás metiches durante el trazo de la imagen del Guayaquil del siglo XXI. Habría que mostrar el progreso a toda costa, hacer espacios públicos, atraer el turismo, ostentar las ventajas del comercio y representar un vanguardismo tal que fuera acogido por la población y la iglesia. Con todo esto en mente (supongo), hoy se transita por la ciudad entre parques y plazas con juegos para niños. El malecón une espacios públicos con el tradicional mercado pesquero transformado en un monumento para lujosos banquetes que muestra a lo lejos un McDondald’s en forma de barca. En el horizonte, el centro histórico resplandece con luces de colores que adornan el viejo faro e iglesia que, cubiertos de luces neón y vigilados por piratas de fibra de vidrio, pintan un marco al buen gusto (hasta el Pepito del altar tiene lucecitas Made in China).

Realidad 2: Los niños juegan si hay parques.
Pero no todos los colores resplandecen cual artefacto seductor de insectos. Guayaquil tiene muchos parques. Y cada parque tiene juegos de colores alegres y divertidos. Y los niños, consecuentemente, habitan esas estructuras metálicas, resbaladillas intrépidas y areneros bajo el sol de la mitad de globo terráqueo. Y no me sorprende que los niños jueguen, ni que existan juegos de colores, sólo que la combinación resulta (contraria a la lógica) desafiar los protocolos sociales de un chilango. ¿O será que no recuerdo que Campeche tuviera tantos juegos infantiles (o niños, para el caso)? Pero el punto es que si hay niños, espacio y juegos de colores, las nuevas generaciones pueden convivir como niños (concepto ya anticuado) en lugar que como gringos gorditos frente a un monitor.  

Realidad 3: El turibús, como primer paso hacia el progreso.
A fines del verano, llegó a los provincianos rumores xalapeños que esa distinguida capital del estado veracruzano contaría con un turibús. A muchos se les hicieron brillantes los ojos frente a lo que significaba. Yo sólo me mofé chilangamente del tema desconociendo por completo el trasfondo del evento. El segundo evento de recepción en Ecuador (el primero fue un juguito de papaya con otra frutita tropical) fue subir a esa distinguida delegación mexicana que representábamos a un turibús. No sólo podríamos conocer la ciudad en una hora, si no que, por siempre recordaríamos que Guayaquil tiene un turibús. Orgullosos, los locales saludaron a los que tomábamos fotos en piso superior descapotado del vehículo. Los pasajeros saludamos de regreso y tomamos fotos pero siempre con una ligera alerta ante el peligro de ramas y puentes al nivel de nuestras nuestras cabezas.

Realidad 4: La prepotencia es una cortesía (para algunos).
Salí corriendo de mi cuarto de hotel al autobús que trasladaría a la delegación del congreso de un hotel a otro. Mi retraso menor se interpretó como puntualidad ante el contexto latinoamericano que llegaba de quince a veinte minutos tarde. Tomando esto en cuenta, los organizadores calcularon un trayecto de cinco minutos entre hoteles sin importar el tráfico de la ciudad ya que una amable escolta policíaca se encargaría de detener a cualquier ciudadano con el fin de que los exquisitos representantes de las organizaciones civiles latinoamericanas pudieran llegar a su sede con el caché digno de lo que no-representamos. Con la inocencia y bondad que nos caracteriza, el primer día pensamos que alguien realmente importante necesitaba esa imponente escolta. Al segundo día, nos dimos cuenta que los arbitrarios éramos los mismos plebeyos que luchábamos por los derechos y vida de los seres menos favorecidos y sistemas ecológicos de nuestra estropeada Latinoamérica. Preguntamos la razón de semejante incoherencia. Al parecer, fue una cortesía de nuestro anfitrión, el alcalde de Guayaquil.

11 December, 2008

19.11.08 – El Rey del Matrimonio

Alguna vez una amiga me contó la güajira historia de cuando se había encontrado a Bono (el de U2, no el otro más viejito) saliendo de un WC. Al platicar ese majestuoso encuentro de dos segundos, ella se ponía de todos los colores y sus manos comenzaban a sudar. En otro encuentro artístico-meets-mundano, al Ivganz le cambió su vida cuando escuchó, de viva voz, a Chabelo hablando como señor. Después de este impacto, su concepción del mundo ha sido inmensamente distinta.

Pasa el tiempo y llegamos a dudar sobre si en realidad hemos hecho callo a nuestra capacidad de asombro. No sería sorpresa de nadie que el destructor de la infancia del Ivganz resultara un asesino o que Miguelito Jackson un buen padre de familia. Todo eso, supongo, que más está del lado de la pluma y cámara de una buena empresa periodística que dentro de nuestra cabeza. No obstante, nunca hay que confiarnos ni decir ‘no me sorprenderé’.

La sorpresa inicial fue la invitación de mi amigo Sujo para que acudiera a su matrimonio. Y fue una sorpresa tri-partita. Primero, porque me invitaron (este año me acostumbré a ya no ser invitado a bodas). Segundo, porque se casaba (aunque no lo creas, me sigo sorprendiendo que gente de mi edad identifique este momento para unir su vida con otra a través de un papelito). Y tercero, porque la boda sería en (antes Sta. Fe de) Bogotá. Me emocioné tanto que hasta vencí mis traumas colombianos, me disfracé de pingüinito y bailé (sólo, un poquito … para qué hacer pensar milagros) güapachoso en Bogotá.

Tanta alegría, comida costeña y compañía de grandes amigos hizo del viaje y matrimonio fantástico. Pero, hubo más. Justamente llegando, brilló la estrellita en el horizonte, el Bono el W.C., la cereza en el pastel, el momento estelar del viaje: entre codazos de meseros sirviendo la cena pre-boda y pláticas graciosas entre visitantes y locales, estuvo presente el Rey del Vallenato 2001 (título nobiliario equivalente a un Grammy). Con acordeón en manos, chalán tocando un palito-primo-flaco-del-güiro, su fiel percusionista sudoroso y los aplausos incansables de todos los presentes (me incluyo hasta con la patita zapateando) el Rey del Vallenato 2001 demostró porqué sigue siendo el rey (rola que no cantó, pero que escuché en Colombia más que cualquier otra canción). Con voz fuerte latinona-protagonista y carismática platicó la historia del vallenato. Cada desamor, cada historia popular y cada himno a la vida diaria de un costeño. Interpretaba con maestría el instrumento mientras gesticulaba la alegría por la vida y las letras de los principales vallenatos que un turista debía conocer. Digamos que para llegar a ser el Rey del Vallenato se tiene que ser el mejor intérprete, poeta, animador y músico. Tener gusto para camisas latinotas y siempre una sonrisa en el rostro.

7 August, 2008

06.08.08 – Zozocolco creciente

Entre Papantla y Cuetzalan está Zozocolco. A este corazón totonaca se puede llegar sólo por brechas cuasi-pavimentadas o helicóptero. Nos contaban que entre las tres montañas guardianes del pueblo, sólo una iglesia de piedra caliza se erguía para ver las cañadas. Las cascadas de los alrededores eran de agua cristalina y que, a pesar del embate cultural que vivimos, un grupo de jóvenes se habían reunido para organizar campañas de educación, preservación de la cultura totonaca, diversificación de cultivos y desarrollo comunitario. Teníamos que conocer ese lugar.

Emprendimos la visita bordeando Puebla, con una bellísima escala en Cuetzalan para desayunar, para llegar a nuestra cita con el presidente municipal de Zozocolco. Dejamos atrás los poblados asombrándonos cada vez que el camino se asomaba por alguna de las tantas verdes cañadas. Dejamos el español por el náhuatl y después por el totonaco sin comprender una palabra excepto un cálido ‘buenas tardes’ recíproco. En el camino nos encontramos con templos en arrecifes, miradores mágicos y riachuelos destellantes.

Zozocolco nos recibió con la fachada de una ciudad que dormitaba a medio día. Policía vigilando, hombres mirando desde los portales de la calle principal, mujeres cuchicheando en voz baja y un calor húmedo incesante. Dimos una vuelta al pueblo para hacer tiempo y notamos que el único que faltaba por llegar a esta joya totonaca era Telcel. Se veía el claro ejemplo de que todos somos consumidores de lo mismo, a pesar de las distancias, culturas e ideales ancestrales. Sin tener Internet, contamos la existencia de tres cafés de computación en donde, por lo general, los estudiantes llegaban a hacer sus tareas bilingües. También, notamos el reciente esfuerzo por mejorar la infraestructura física del pueblo así como la propaganda de los patrocinadores nacionales, indigenistas, estatales y municipales.

Con gran calidez, el grupo de jóvenes del cual nos habían platicado nos acompañaron intercambiando experiencias sociales y preguntas sobre nuestro proyecto. Al parecer, este grupo era cultural, social y políticamente muy activo al grado de que el actual presidente municipal era su líder. Se mostraron perspicaces e interesados en lo que nosotros estamos haciendo y conforme nos fuimos conociendo, logramos establecer un intercambio de posibilidades natural, abierto y propositivo. El potencial se descubrió evidente tanto para ellos como grupo de jóvenes con un ferviente deseo de expresarse y colaborar con su comunidad por medios audio-visuales, como para nosotros como proyecto habilitador de grupos sociales.

Al concluir la primera sesión de presentación, un voluntario del grupo se ofreció como guía y nos hospedó en el único (aunque casi en obra negra) hotel del pueblo, nos alimentaron en la casa de algún pariente y nos sugirió que nos cambiáramos para ir a las cascadas. Ante eso último, el budista compró un atuendo de gringo en vacaciones y yo el de renegado de los noventa. Caminamos por el pueblo y después por algunos potreros para después adentrarnos en la cañada. Poco a poco se comenzaba a escuchar el ruido del agua hasta que minutos después llegamos a un paraíso casi intacto. Un río aparentemente de bajo caudal bajaba por la cañada para unirse a la desembocadura de una serie de pequeñas cascadas. Algunas familias disfrutaban del agua cristalina aventándose por las cascadas cual toboganes y chapoteando en las lagunas que formaban. Nosotros recorrimos el río asombrados de la belleza del lugar.

Parecía como si no hubiera pasado el tiempo cuando sentimos las primeras gotas de lluvia. Sería imposible llegar secos al pueblo otra vez así que optamos por alejarnos de las cascadas principales y regresar a aquellas menores que rodeaban una pequeña laguna. Ante el inminente aguacero, escondimos las cámaras bajo una piedra y saltamos a la laguna. En ese instante, una tormenta se precipitó tan fuerte que era más agradable estar nadando en las lagunas que bajo la lluvia. El budista y yo movimos nuestros puerquitos para hacer todas esas acrobacias que los niños (con mayor soltura, gracia y ligereza … por supuesto …) disfrutan cuando hay trampolines naturales y pozas profundas de agua de manantial.

Ya cansados de tanto chapotear y casi ciertos de que la lluvia no se detendría jamás, optamos por regresar al pueblo. Caminamos río arriba hasta donde habíamos llegado. Encontramos un pequeño techo y enguanto le enviamos un último vistazo a ese maravilloso cauce, se escuchó un a lo lejos que aumentaba fuertemente. Las familias que se resguardaban en el techito se alarmaron cuando una señora gritó ‘ahí viene la creciente’. Volteamos hacia el río para ver que olas de un metro de alto bajaban torrencialmente por el río arrastrando todo lo que se les ponía en frente. Asombrados por ese poderosísimo fenómeno natural habíamos omitido nuestra resucitación hasta que un señor se acercó para preguntar ‘¿hace cuánto que subieron?’. El budista se puso pálido y exclamó en palabras santas ‘… dos minutos más y nos lleva la chingada …’. Un niño que se nos quedaba viendo lo corrigió: ‘se llama la creciente … y está juerte … ira, ahí va un tronco’.

De vuelta al pueblo, las familias platicaban historias de cómo cauces aparentemente bajos ‘luego’ se llevaban autos y casas enteras. El budista mantuvo su color a susto y en las siguientes horas, casualmente, nuestros ejemplos sobre educación y concientización social tuvieron que ver con agua, turistas y protección civil.

8 July, 2008

09.06.08 – Warsaw – Madrid Express

Lo mejor de los viajes, son las escalas. Y como había que regresar a México de alguna manera, por alguna ruta y aprovechando el tiempo de la mejor manera posible, opté por seguir una ruta consistente a mis objetivos de viaje: visitar amigos y tratar temas de tecnología para el desarrollo social.

Así que me despedí de Londres y de mi familia auto-exiliada. Llegué al consolidado ‘peor lugar del universo’, el peri-urbano Birmingham, para saludar a la banda y dirigirme a Polonia. Y lo que uno puede creer sobre un lugar, luego resulta, que no lo es. Así que mi primera sorpresa polaca es que hace un calor de treinta grados centígrados bajo un sol resplandeciente. El autobús que viaja entre las anchas calles ex-soviéticas me tenía cual pollito en rosticería mientras la polaca me platicaba, con uno que otro comercial sobre lugares importantes de Varsovia, sus desaventuras con la vida. A fin de cuentas, en ropa veraniega, hubo que disfrutar las transformaciones de esta sociedad que, así como siguen vendiendo vodka baratísimo envuelto en papel en estanquillos con pinta comunista, también alojan sitios en los que pude trabajar a distancia mientras escuchaba una versión de jazz fusión tipo MMW tocando en vivo.

Varsovia sirvió como punto de movimientos para visitar la bellísima Kracovia y sus minas de sal. El verano es, definitivamente, la mejor (o única) época del año para estar ahí ya que la ancestral expresión mala-copa se disuelve en amables sonrisas y pláticas locales. Después de una noche de jazz, tomé mis cosas y me dirigí a la estación de tren. Resultó curioso caminar entre hoteles transnacionales y monolitos soviéticos al amanecer para llegar a una estación donde resulta un reto distinguir entre la palabra ‘salidas’ y ‘llegadas’. (afortunadamente, los baños siempre tienen esos monitos que nos evitan confusiones innecesarias)

Llegué a Berlín. El tren polaco descargó a toda su tropa de paisanos. Todos volteamos azorados a nuestro alrededor. La estación central berlinesa significaba un mundo alterno. Yo tuve que esperar al amigo Mario en un McDonald’s entre un desfile de turistas y pubertos germanos entusiasmados por la Eurocopa y el consumo masivo. Llegó Mario, después se unió el amigo Rami y de ahí en adelante todo fueron eventos sucesivos de pláticas interesantes, salchichas, cerveza de trigo, pan-bol, Rami-musique, más pan-bol, cerveza, Rami-musique y ocasionales aterrizajes en lugares sumamente extraños. Una ciudad en la que se puede estar en una playa, viendo el amanecer en la azotea de una bodega ex-socialista y horas más tarde poder desayunar comida etíope, turca o vietnamita, vale la pena disfrutar. La polaca, con su característica mala-copa, se unió a medio fin de semana encontrándose con algo irremediable: la ciudad llevaba el horario más cercano al asiático que al europeo.

Eventualmente, me despedí de mis dos queridos y agotados amigos. Salí para Madrid. Al aterrizar, mi sensación de estar ante los murmullos de cientos de chistes se fue diluyendo por altas expectativas culinarias. Llegué al centro, hice llamadas telefónicas a los amigos con los que me quedaría (a pesar de no haberlos visto en años) y entré a un lugarcillo que tenía como especialidad calamares y fabada. La escala ya había tenido sentido. La tarde transcurrió con la gratísima compañía de los amigos periodistas de un amigo de mi hermana que no veíamos hace quince años. Política, anécdotas, reflexiones sociales, más planes y muchos proyectos por hacer.

11 June, 2008

02.06.08 – Farewell Bansky(ies)

Cerca de dos semanas han pasado y es momento para regresar. La escaramuza de despedida es tradición y, por más que tratamos, no podemos vivir sin ella. La escaramuza es amorfa y variable. Se gesta combinando situaciones, oportunidades, personas y lugares. Las típicas despedidas sentimentales, compras de último minuto, trámites, visitas y ocurrencias irracionales son generalmente sus características.

En esta ocasión, se me ocurrió que podía dejar para el último minuto ver a dos amigos, hacer mi trámite de apostilla de título, cenar pollo portugués con los Ugalde, comprar té que no cupiera en mi maleta, buscar esa versión de grandes éxitos de Joy Division que alguna vez había visto perdida en una pequeña tienda discográfica londinense, revisar el line-up de músicos del Pizza Express Jazz Café, identificar a mi amiga Jo entre las bailarinas de sincronizado que estaban practicando en el laguito de Hyde Park y pasar a la exhibición de arte urbano dentro de un túnel londinense.

Orgullosamente, puedo afirmar que se cumplió todo excepto ver a mi amiga haciendo nado sincronizado a la mitad de un parque. Sí, sonaba suficientemente exótico y una gran ocasión para capturar en fotografía los momentos sui géneris de una amiga sui géneris (que habla el español como chilanga-banda, por cierto). Pero esta urgencia fotográfica se canalizó en el arte urbano.

Resulta que la banda se puso de acuerdo en tomar un túnel cercano a la estación ferroviaria de Waterloo y convertirlo en pasillo de exposiciones. La vaca sagrada del género (Bansky) se llevó el crédito del tinglado y los consumidores tuvimos la oportunidad de ver la obra de otros grafiteros tan talentosos como él. Como suele pasar en todo movimiento colaborativo, siempre hay mucha mierda, pero también genialidades. Así que, cual taka-takas, Ivgansito, los Ugalde y yo tomamos una cantidad récord de fotografías de lo mismo.

9 June, 2008

26.05.08 – sobre estatus de vida

La distancia y el tiempo llenan a la gente de distintas expectativas. A un año de no ver a mis colegas de posgrado, encontrar a muchos de ellos causa, además de un gran gusto, una intriga especial. Todo hemos tenido experiencias casi distintas (aunque pocos se han salvado de esa fase del desempleo aparentemente interminable) y los caminos nos han llevado a mundos que muchas veces no habíamos imaginado.

Empecé mis reencuentros con dos amigas que fueron a Sri Lanka y regresaron por motivos diversos. Una decidió continuar con esa insistencia de vivir la vida laboral ‘internacional’ haciendo la lucha en un empleo londinense. La otra huyó del extremismo religioso en el que había caído en la fantasía aquella que lleva a muchos a hacer ‘trabajo de campo’ con organizaciones aparentemente laicas y profesionales. Pero al estar juntos intercambiamos experiencias tranquilamente en la tarde nublada pero cálida a las afueras de Russell Square, continuábamos haciendo mención de los amigos de los cuales no sabíamos nada. Y en el caso de Mariko, optamos por interrogarla de tal manera que sintiera la suficiente presión social que la obligara a enviarnos un correo recontando su vida entera de los últimos seis meses.

Llegué a Manchester y los reencuentros fueron similares. Cada quien, un caso y cada caso una historia. Desde aquellos que se dieron cuenta que su ilusión de trabajo internacional en reducción de pobreza estaba siendo más fructífera en centros de refugiados en la ciudad en lugar que practicando ‘el desarrollo’ con una de esas agencias turísticas de ayuda humanitaria, hasta los que había decidido estar un periodo sabático voluntario. La escena mancuniana fue la misma que hace un año. Mi contacto con la nueva generación de graduados era un juego que constaba en identificar las personalidades de mis amigos pero en otros cuerpos. Y los locales, exactamente idénticos aunque inicialmente tentados en unirse a ese sentimiento de frustración proletaria (reacciones que podrían empezar a darse cuando termine el ‘soleado’ verano).

También hubo magníficas sorpresas. Topé a gente que no había visto en cerca de quince años. La familia mexicana está muy bien y empezando a hacer lo que quieren hacer. Encontré maravillosos complementos, tanto entusiastas como profesionales, en casi todos para difundir mucho de lo que se está haciendo en el país. Y, quiero esperar, pueda haber visitas más seguidas como esta, con estatus que mezcla el paseo, con la banda con el empelo.

25 May, 2008

20.05.08 – otra vez, el cuartito …

Muchos de nosotros ya los conocemos. Blanquitos, paredes medio desgastadonas, con sillitas incómodas en donde se sientan otros señalados, olor con destellitos a cloro combinado con un ligero aroma multicultural, malas réplicas de actores gringos y una atmósfera de incredulidad. Esta vez me dieron mi folder rojo que contenía mis documentos y una hoja sospechosa en la cual el oficial había escrito los motivos por los que me había pedido que caminara hacia ese cuartito blanco con puertas verdes. Llegué a las puertitas verdes y abaniqué el folder en acto de presencia. El bizarro del papá de Chis (Rock … every body hates Chris) sin dejar de gritarle a un chinito que ni taka podía decir en gabacho me dejó pasar instruyéndome con la ceja que dejara mi foldercito en la repisa junto con los otros.

Me senté junto a otros chinitos y a un lado del paisano de las botas de víbora. Volteé a mi alrededor y recordé todas esas veces que, ante la ineptitud y paranoia americana, visitamos los cuartitos estos del aeropuerto de Los Ángeles. Entró el clon de Will Smith haciendo payasadas y gritando cual príncipe del rap. Pero la audiencia no quitaba las caras largas. La familia de chinitos no entendía nada, para colmo, a su compatriota namás le daban de toallazos en frente de todos y una familia de centroamericanos esperaba resignada ahora que su viaje había sido cancelado por las fuerzas migratorias gringas. El escenario era patético, los únicos seres humanamente amables eran un dominicano que fusionaba a Bruce Willis con Rubén Blades y el clon esbelto de Jackie Chan quien me pidió mis datos para que en Washington se cercioraran que yo no era el criminal que estaban buscando. A mi me quedó únicamente extrañar los cuartitos californianos, que siempre tenían más ambiente y espectáculo (como a los compas que los detenían sólo por apellidarse Bejarano o los que trataban de justificar su exceso de ‘pollos camperos’ en su maleta).

Tres horas después, Bruce Blades llama mi nombre y me dice que no soy la terrible amenaza que aterroriza a este paraíso de libertades al que estaba llegando. Se abre la puerta y, entumido, salgo hacia los laberintos del aeropuerto. Me alcanza una jauría de soldados gabachos. Puro escuincle prepotente disfrazado de GI-Joe me acompaña al trencito aeroportuario. Inmediatamente, los niños envueltos en asesinos toman el lugar dedicado a minusválidos y ancianos sin romper la inercia del tronido de chicle y head-banging reprimido por la intromisión de un i-pod. Uno que otro gringo se sube al vagón y saluda a los imperialistas como si fueran sus orgullosos representantes. Yo no puedo dejar de ver el letrero que lee “sólo para descapacitados”.

Salgo del tren, subo las eternas escaleras eléctricas y llego a la tierra de los sueños. Me reciben dos Starbucks Coffee (uno frente al otro así como en Shrek) y un espacio lleno de obesos, consumibles, comida chatarra y empleados morenos. Doy varias vueltas y al ver que el contexto cambia con la variedad del desierto que alojaba al correcaminos, le entro a un roast beef con extra grasa.  Afortunadamente, estas dos horas restantes en este primer mundo se pasaron rápido y no tuve que conocer la bellísima ciudad de Atlanta.

9 March, 2008

25.03.08 – de vuelta a Tapachula

Una evidencia de que ha pasado el tiempo es que tuve que sentarme a repensar cuándo fue la vez que fui a Tapachula. Habrá sido hace seis años o poco más. En aquél viaje, acompañe a mi prima a sondear las posibilidades de que hiciera sus estudios de campo en migración para su doctorado en sociología. De esa ocasión recuerdo la facha de la ciudad, los tamales de chipilín, el contacto con el quinto mundo cruzando la frontera, los intentos de conversaciones con polleros y un maratónico viaje en múltiples transportes populares por la sierra hasta San Cristóbal de las Casas.

Hace, también casi seis años que dejé de dar clases. Salir de la universidad me encaminó hacia la vida laboral de tiempo sobre-completo así como otras desafortunadas aventuras. Lo interesante es que, de alguna manera, extrañaba mis clases. Estoy seguro que en casi 7 años de dar clases aprendí más de lo que impartí (por el hecho mismo, no por la calidad del profesor … hago notar). Y no sólo a los temas lingüísticos que impartía, sino a cuestiones más sociales de esas que ni se pueden explicar.

Esta vez, me encuentro de vuelta en Tapachula, y curiosamente, invitado para impartir unas clases a los alumnos de maestría en desarrollo rural. Mi prima está ahí también, por segunda vez viviendo en esta ciudad en donde hay señalamientos hacia Guatemala como si indicaran para el centro, pero ahora como investigadora del ECOSUR. A mi llegada no hacía calor. Diez minutos después, ya estaba empapado y con peinado de la ‘pequeña Lulú’. Al entrar a la ciudad, no la reconocí hasta que los taxis empezaron a tocar su claxon como si fueran patos. Al parecer este ecosistema taxista es muy eficiente y económico, pero también muy ruidoso.

A dos horas de haber llegado y ya cubierto de sudor, comienzo mi primera clase. Bueno, mi objetivo era que fuera o una provocación o un experimento en lugar de una tradicional clase académica. Se trató de un poco de las anteriores posibilidades. Impartir una sesión sobre “Tecnologías de Información y Comunicaciones para el Desarrollo” resultó ser nada sencillo. Y más si la audiencia son biólogos, agrónomos y ecólogos. Si de por sí, es complejo establecer un marco teórico basado en la sociología de Castells en relación a las evidencias de las transformaciones sociales que están transformando como los seres humanos se relacionan a través de medios tecnológicos, un poco más si la audiencia es cuenta-hojas. Pero todo salió de forma interesante después de tener que aplicar amplias dosis de ironía, expresar hipotéticos puntos de vista radicales e insistir que los amiguitos dijeran lo que pensaban. Las conclusiones fueron varias: se valoró muy positivamente que se impartiera esa clase en un curso de maestría; con un poco de persistencia, cualquier persona puede identificar que las nuevas tecnologías nos están cambiando por lo que algo se puede hacer con ello, y; la juventud de nuestro país es fatalista y desesperanzada … hasta los que estudian Desarrollo.

El día siguiente comenzó bien, con un tamal de chipilín de desayuno y buen café. ¿Qué mas se puede pedir? Con gran humor comencé mis cuatro horas de sesiones dedicadas a introducir a mis amigos cuenta-patas al verdadero mundo de lo inevitable: planeación, propuestas, metodologías, presupuestos, cronogramas, análisis múltiples y, lo más temible de todo, procuración de fondos. Ni yo estaba preparado para tanto. Esperando que los ecólogos tuvieran noción de cómo hacer propuestas de proyectos y recibir financiamiento para que lograran salvar al mundo, me quedé afónico y exhausto. Otro síntoma de que habían pasado seis años.

Salí de ECOSUR sin voz y con muchos planes para regresar. Hicimos la parada a un taxi, el cual pitó aunque éramos los únicos ahí y airosamente le hacíamos la parada, y me dirigí apresuradamente al aeropuerto. Sin tiempo para comprar cacao o chipilín, me conformé con un delicioso chocolate chiapaneco en tableta. Guardé la bolsa en mi mochila para evitar cualquier sobredosis chocolatera y volé de vuelta a casa (las 15 horas en redilas sierra arriba no se extrañan ni por Aviacsa).

27 November, 2007

12.11.07 – Freiburg y el último parto del año

Hay momentos especiales en la vida de los amigos. Y, si es posible, hay que estar ahí cuando suceden. Después de haber pasado por algo muy similar, un mes atrás estuve con los Ugalde en ese día especial. Meses y meses de esfuerzo y gestación finalmente tomaban forma y eran presentados al mundo. En ese momento ya no era una conceptualización individual, sino un ente que el mundo entero podía conocer y leer (bueno, eso esperamos).

Esta vez, volé a Basilea para el gran día. Karola me recibió con puntualidad germana y tras tomar una cerveza y comer una mega-milanesa, el momento llegó. Karola ya había convencido a los poderosos de la Fakultat que aceptaran su entrega fuera de los rígidos horarios establecidos. Así que al llegar a una pape y soplarnos un tradicional chiste (es lo que piensan ellos) del encargado, Karola tuvo en sus brazos su encuadernado. Y aunque de tamaño era de los pequeños de su generación, pesaba como todos los de su edad. Afortunadamente, este no gritó o hizo alguna cochinada que necesitara de arreglos y limpiezas de último momento. Así que nos dispusimos a entregarlo en la Fakultat y comenzar una semana de festejos.

Existen repercusiones al entregar una tesis de maestría. A comparación de otros partos, este desata sentimientos de amor y repulsión vivamente encontrados. De alguna manera, uno está feliz de haber dado a luz 20,000 palabras pero también se está seco al grado de que resulta una mejor experiencia entregar ese producto a las autoridades estudiantiles. Y debo admitir que Karola pasó este proceso muy maduramente sin caer en pánicos del desempleo, borracheras interminables, sentimientos de soledad o ataques de pánico que imaginan que el índice tiene una marca de taza de café.

Consumada la entrega, turisteamos por Feiburg y pueblos aledaños. Dos días después, la ceremonia de graduación resultó ser, comparada a la de los programas de Desarrollo con los que he tenido contacto en estos tiempos, la más práctica y humana. Al parecer los germanos le dan una lección de toque personal a los ingleses en temas de graduación al  evitar enviar a sus graduados como reses por pasarela recogiendo un papelito y, en cambio, organizar un simple evento con discursos alemanes (redundantes, protocolarios y poco carismáticos) y un par de presentaciones de power point que presentan a cada integrante de la generación de maestría. Como parte de la audiencia, Don Andrés y yo, sin perder de vista los bocadillos y la champaña, aplaudimos cortésmente y reímos (bueno, admito fingir en más de una ocasión) ante los ‘chistes’ de los directores de programa. Al fin de la ceremonia, los come-flores y abraza-árboles (el sobrenombre aplica aún más a los que estudiaron bosqueología y esas ondas muy de arbolitos) celebraron su graduación con botanas vegetarianas y harta chela. Una generación más de ambientalistas regresaba al mundo real.

Un día después del reven, nos dispusimos a aprovechar el día de vacaciones de Don Andrés para ir a las montañas. Era el fin de semana que daba inicio a la temporada de esquí y, contrariamente al año pasado, había buena cantidad de nieve y un friito de esos que unen a Tlaxcala y Siberia. Yo tomé prestados unos guantes poco masculinos, una bufanda andeana y un gorrito de niño chiquito e improvisé un atuendo alpino con esos tenis que alguna vez compré para hacer ejercicio. Pero mis prioridades estaban más en alejarme de los elementos alérgicos de casa de Karola y poder llegar en algún lugar alpino con teléfono para poder tener una entrevista telefónica. Guiados por el siempre presente itinerario germano, llegamos a los alpes suizo-alemanes, me puse doble calcetín y caminamos por las montañas nevadas presenciando los primeros trazos de las pistas de esquí y un arcoiris alpino impresionante. El asma se había ido por completo, y tal como previsto, llegamos a un chalet en medio de la montaña en donde tuve una interesante entrevista de trabajo coronada con un fondiú de carnes. Qué más se podía pedir. Pero el tiempo se había acabado. Al día siguiente, los Stein me dejaron en la parte francesa del aeropuerto, pisé cuatro países, tres aeropuertos y tomé cuatro autobuses para llegar a con mi familia Birminghamiana a festejar el cumpleaños de Daniela.

7 November, 2007

03.11.07 – Eshpain es different

Ya me lo había advertido mi amiga Aline. También, tuve una prueba inicial cuando en la fila del EasyJet cuando, ante la única fila para abordar en toda la sala, una tía se acercó a preguntarme “¿Is this para Eshpain?”. Días después, me lo confirmó un aficionadlo práctico al cante flamenco, vestido como metalero y ahogado en ron diciendo “Tío, es que España, como dicen los güiri, es different”. Esta es una pequeña muestra personal.

Al bajar del avión seguí las flechas hacia los servicios (¿cuáles?) hasta que me encontré con dos posibilidades que no liberarían mi apuro. La primera tenía que ver con ver de frente una pared mientras que la otra me regresaba al sitio de inicio. Opté por preguntarle a un local que amablemente me indicó, no sin antes tener una tendida charla sobre la amabilidad Mexicana, que fuera para donde no decía la flecha oficial. Tenía razón, los famosos servicios estaban ahí y mi amabilidad fue tal que no lo insulté en su tortura urinaria.

Pero la inmersión cultural llega a su clímax en espacios públicos. Lamento tanto tener mala memoria, no cargar conmigo una libretita y tener reacciones irrisorias algunas veces incontrolables. Una tarde doblo en una esquina y en plena calle veo una motoneta sobre el cofre de un auto. Un grupo de mirones ya estaba ahí. Una señora y yo nos les unimos. En cuanto la señora ve la escena, exclama “que le ha caído la moto encima”. Los demás mirones voltean al cielo.

Una característica ineludible de esta diferencia cultural es que es muy común que se confundan la vista y el habla. No tengo idea si se trata de un trasfondo evolutivo de una sociedad altamente colectivista o si, de plano, hay unos cables cruzados. Cuando el ojo capta una imagen, automáticamente se describe verbalmente. Así que expresiones como “¡es naranja!”, “¡mira, qué grande!” o “vamo a-llá que sube para arriba” no dejan el mínimo espacio para que uno realice su interpretación individual de lo obvio.

Otro aspecto que marca una radical diferencia con el mundo actual es el tiempo. Podríamos pensar que viniendo de Latinoamérica el ritmo de vida podría ser parecido. Pero resulta radical observar que la capital española tiene los horarios de apertura y cierre para la siesta que Zitácuaro. Aunque en tierras españolas hay altísimas probabilidades de pasar una comida sin pan a falta de cualquier tienda que habrá para vender cosas que la gente consume diario. Y es increíble como en pleno siglo XXI, los supermercados y tiendas departamentales están cerradas los domingos, festivos y puentes.

Posiblemente, la diferencia más radical y entretenida es la televisión. Todo lo que el mundo conoce a través de esa caja es diferente si se dobla al castellano. Bart le dice a Hómer: “tío, que te has jambado los bocadillos”. Pac Man es Traga Cocos y El Auto Increíble es El Coche Fantástico. En esa búsqueda por la identidad, la televisión española ha replicado series americanas como Without a Trace (Desaparecida), ER (Hospital Central) y C.S.I. (RIS Científica) en donde los personajes son versiones B de las versiones B americanas. Para dar un ejemplo, el Grissom de RIS Científica es el idiota de Horatio pero vestido gachu-fashion, sin salir del laboratorio y llamado Ventura. Afortunadamente, existen series 100% locales y juegos de concursos que aprovechan la espontaneidad nacional como trama televisiva.

Ahora, no que da más que saciar el interés por esta bella cultura. Me comprometeré a encontrar las versiones en castellano de Hómer cantando Spíder Cerdo o de Febe gritando Gato Apestoso. Incluiré en mis temas prospecto para el PhD el realizar un traductor de lógica hispánica. Y recorreré el mundo descifrando el origen místico de la abominable palabra “leche”. Vale la pena hacerlo todo con tal de tener al alcance bocadillos de ibérico, pulpos, buen vino barato, fiesta hasta la madrugada y tiempo diario para la siesta.

13 July, 2007

12.07.07 – Montreux JazzFest

El festival de jazz de Montreux, Suiza, era una deuda pendiente. Son de esos eventos que están el los deberes personales para hacer al menos una vez en la vida. Y finalmente se dieron las cosas como para estar ahí. Beatriz nos (a Iván y a mí … después se unió la polaca) dio amablemente alojamiento en Lausanne. Tomamos cerca de una semana de nuestras ajetreadas vidas para dedicarla a la vida pacífica suiza, la vista a el lago, un poco de jazz y buena fiesta. Qué más podíamos pedir.

El primer día rondamos por Lausanne. Por mas que sea la zona francesa del país, lo suizo, tiene esa pesante circunstancia de ser tibio al grado de que sinceramente dudamos de la existencia del alma en esas pobres personas ordenadas e inexpresivas. Una vez que Beatriz salió de su jornada laboral, intercambiamos ciertas primeras impresiones sobre el contexto. Se rehusó a coincidir en que la parte de Lausanne que no da al lago es igualito a Celaya, pero complementó nuestra preocupación desalmada sobre la sociedad suiza con algo que dicen en La Villa: “en la peregrinación, aunque parezcan vivos, hay uno que otro muerto”. Tomamos el tren a Montreux para llegar a nuestro primer concierto. Los Chemical Brothers armaron buen tinglado pero faltó baile, jazz y emoción (ha de ser por eso de la desalmada audiencia).

Nuestra percepción general cambió un poco con dos eventos clave. Primero fuimos a la versión B del Love Parade que originalmente se hacía en Berlín. La ciudad berlinez decidió este año no apoyar con servicios públicos dicha ‘manifestación cultural’ ya que lo que alguna vez había sido un movimiento electrónico-vanguardista mostraba tantos intereses privados que perdió su carácter público, y con eso las facilidades y servicios de la ciudad. La falta de sponsors llevó a que se replicara el ‘parade’ en Ginebra. Nosotros llegamos puntuales y nos unimos fielmente a la peregrinación estrafalaria y fiestera a lo largo de la orilla del lago. Los monumentos de la ciudad y organismos corporativos mundiales rebotaban ‘ipiti’, reggeatón y cualquier música que prendiera a la banda. Nuestra energía se acabó a las 3am cuando optamos por regresar a nuestro pueblo, no sin antes tomar una siestecita cual suizo heroinómano en la entrada de la estación del tren esperando la primera corrida matutina.

El segundo evento que ayudó a poner en duda la tibieza suiza fue el concierto de los Beastie Boys en Montreux. Bajo el título de ‘The Gala Event’, la banda hip-hopera que se hiciera famosa en el 86 con su disco ‘Licensed to III’, tocaría una sesión instrumental. No sabíamos qué esperar. Con tantos años tocando experimental-funky hip-hop punqueto, lo más cercano a algo instrumental era su disco ‘Sound From Way Out!’ que saliera hace casi quince años. Apagaron las luces, la banda salió, y los que estábamos hasta el frente, empezamos a brincar. Empezaron los guitarrazos y las rolas de su último disco (‘The Mix Up’) sonando a funk rock con groove tipo MMW pero con intervenciones hip-hoperas. El centro del slam no era precisamente la ubicación más adecuada para tener a un par de amigas ya en la tercera edad, un ñoño adjunto y un par de ex-rock fiesteros retirados. Logramos pasar a las mujeres hasta adelante, el ñoño se regresó a su casa, e Iván y yo slameamos como en los buenos tiempos. Bueno, debo aclarar que fue un slam tibio (nada de iztapalucos con puños cerrados), pero refrescante.

Nuestra estancia en Montreux terminó siendo parte de la audiencia de dos virtuosos, Pat Metheny y Brad Mehldau en su proyecto a dueto y a cuarteto (reseña). Una joya. Justo lo que el jazz debe hacerle al espíritu y a un festival con la historia como la de Montreux. Dejamos Montreux con dos semanas más de música programada en donde estarían las estrellas pop del jazz y rock. De regreso al ‘sunny Britain’ paseamos por Ginebra, ya en un día normal y con aires de sol, vacación y reposo. Una buena ciudad para vivir cuando sea grande. Y sí, supongo que vivir en suiza ha de ser bueno para el retiro, o para una semana dedicada a leer, descansar y jazzear.

12 June, 2007

05.06.07 – Edimburgo

Cuando la gente está por dejar una ciudad, amontona todo lo que ha dejado de hacer y visitar para los últimos días. Al vivir en Manchester, mi amiga Mariko había descartado muchos de los aspectos culturales de la ciudad y alrededores tal como los museos de historia natural, el de la revolución industrial y paseos a ciudades clave de la isla. Así que días antes de partir, organizó sus visitas a casi todos los sitios que le faltaban ver en Manchester (aunque no siguió mi sugerencia del recorrido electro punk escuchando a los Smiths) y reunió a su banda para ir a Edimburgo. Con una perfecta organización, recibí fecha, hora y boleto de tren.

Llegó el día, y al cuarto para las 7am nos empezamos a dar cita. Llegó el mexicano (yo), la alemana, los griegos y los demás. A Mariko le dio el efecto Daniela y espectacularmente logró entrar al tren cual paisano al metro que está por cerrar. Todos reunidos, platicamos sobre la vida viendo los verdes campos británicos  y contamos ovejas (yo, obviamente, no, ya que caí dormidísimo … pero los que se mantienen despiertos viendo a la ventana sólo se queda, literalmente, ver ovejas con manchas de colores pastando) de camino a Escocia, la tierra del wiskey, el colesterol y la heroína.

Yo ya no sabía qué creer sobre Escocia. Todos los y las escoceses que he conocido han resultado extraordinarias personas con talento para decir babosadas y beber en cantidades industriales. Suena como una descripción estimulante, pero el punto es que en esa combinación, todos cuentan tantos anécdotas extraños de su tierra que la incrédula audiencia sólo acaba perpleja y ebria. Mi mente sólo ponía las imágenes de postal de Edimburgo con escenas de Trainspotting que incluían platillos típicos de la región como intestinos de cerdo y barras de chocolate Mars fritas en aceite. Bueno, digamos que es mejor armarse una versión de Escocia a dejar que Mel Gibson lo haga por uno.

Llegando a Edimburgo, debo confesar que mi primera impresión fue algo aburrida. No existían ninguna de mis prefabricadas imágenes escocesas y, en cambio, sólo había unas bellísimas calles con puentes armados por oscuros edificios. Encontramos a nuestro guía local y partimos a deambular por la ciudad. Cada calle es entretenida por su mística arquitectura y apariencia antigua. Nos detuvimos en un mirador wanna-be óptico-vanguardista en donde se logra ver la ciudad entera con todas sus iglesias, monumentos y, mi parte favorita, chimeneas. Edimburgo me empezó a gustar cada vez más pero no fue hasta que comimos y bebimos el llegó el clímax apreciativo. En ese momento toda mi gusto por estas tierras escocesas se magnificó. Los embutidos, pies (favor de leerlo in inglés) y platillos grasosos son de la mejor calidad. Aclaro que, por salud y advertencia, nunca probamos la barra de Mars fritangueada pero sí las típicas papas con queso y una salsa que espero no saber de qué está hecha. Y en el caso de las bebidas, pasamos por el popular Iron Bru (lo único medianamente comparables es imaginar un Escuis de Hierro de Torreón con sabor a goma de mascar) al wiskey, para cuya cata nuestro guía local se apalabró con los del bar para probar la mayor cantidad de tipos distintos.

Ya casi se habían cumplido todas mis expectativas. Sólo faltaban las escenas junky o algún robo escenificando cualquier film de Guy Richie. Desgraciadamente, para eso hay que ir a Aberdeen o Glasgow. Lo más emocionante fue ver cómo uno supuesto suicida hablaba por teléfono y balanceaba sus tacones a la orilla de un puente mientras paralizaba una de las calles principales de la ciudad. Los locales me comentaron que esas escenas eran normal y que casi nadie se acaba aventando del puente. A falta de entusiasmo en la ciudad, optamos por subir a las montañas aledañas para ver la ciudad. Nuestra esperada vista fue nublada por el bello clima escocés que son su niebla y lluvia nomás recrea versiones frías de un gran baño de vapor. Así entendimos que los verdes parques sólo están ahí de decoración para los borregos y que era mejor concentrarnos en las callejuelas y en la comida.